Por. Pedro Alfonso García
Entre el norte y el sur de Tamaulipas hay un abismo en el estilo de hacer política. En Tampico, Ciudad Madero y Altamira los asuntos se dirimen en círculos cerrados, entre entretelones, pero eso no los hace menos intensos. La diferencia es de fondo y de forma: las élites por lo general imponen su voluntad, pero el elector del sur también tiene memoria y criterio para medir el desempeño de la autoridad.
En el norte las camarillas operan bajo una lógica de conquista: controlar estructuras institucionales para consolidar clanes, crecer hacia arriba y hacia afuera, acumular; mientras que en el sur la clase política administra su temperamento con una calma que no siempre significa paz. Las quietudes prolongadas que hoy caracterizan a la zona conurbada son solamente el preludio de batallas que en estos tiempos se libran con meses de anticipación y se definen mucho antes de que abra una sola casilla.
Del puerto hay que destacar su capacidad para adaptarse a las cambiantes circunstancias políticas; sin embargo, una revisión de los presidentes municipales electos a lo largo de los últimos 60 años permite concluir que casi siempre las élites porteñas han decidido el destino de la comunidad, con excepciones marcadas por cacicazgos regionales o personajes que tuvieron el empaque suficiente para jalar las preferencias ciudadanas.
Los casos más ilustrativos de estos liderazgos, sustentados más en el carisma que en la capacidad de gestión o de gobierno, los representan Jesús L. Morán, Fernando San Pedro y Magdalena Peraza, quienes rompieron el hilo de la sucesión continua y pudieron reelegirse en una época en que el priismo gobernante imponía las reglas y tomaba las decisiones.
Desde finales de los ochenta hasta 1991, el cacicazgo quinista dominó la escena política nacional, instaló en el Palacio a figurones incondicionales y sus políticas no siempre fueron las mejores para el puerto; pero hubo quienes sí supieron cumplir su función, como Joaquín Contreras Cantú o Álvaro Garza.
El fin del quinismo, el desmantelamiento del corporativismo y la avalancha panista que ya venía creciendo tras las crisis del priismo abrieron paso a figuras como Diego Hinojosa o Arturo Elizondo. Fueron cambios de membrete pero no de fondo, pues las prácticas patrimoniales, más sutiles que en otras regiones, no pasaron desapercibidas para la población, que terminó aplicando su voto de castigo.
La llegada del panismo al poder generó la percepción de que venía una época sin excesos. Los alcaldes que llegaron de la oposición azul no hicieron mal papel, pero quedó en el aire el tufo de la sospecha: sus negocios, que ya eran prósperos, crecieron y se expandieron coincidentemente con su paso por el poder.
Durante todo ese tiempo, PAN y PRI se repartieron los periodos municipales. Magdalena Peraza logró dos periodos no consecutivos; Jesús Nader Nasrallah, en cambio, fue el primer alcalde tampiqueño en reelegirse de forma consecutiva. Ambos mantienen una clientela electoral vigente y en rangos casi equivalentes de fuerza y alcance.
En 2024 el PAN fue desplazado del poder. Con una división interna entre las fuerzas locales y el exgobernador panista, sus líos insalvables y la avalancha morenista que ya se había instalado en el gobierno del estado, llegó Mónica Villarreal al poder; y ahora, dos años después, todo apunta a que intentará la reelección.
En el escenario de los próximos meses se visualiza ya en abierto movimiento a Jesús Nader, quien intentará llegar a un tercer periodo compitiendo con la fuerza gobernante de Morena. La competencia, aunque de manera soterrada, cada vez se vuelve más intensa; ambas fuerzas trabajan sin hacer ruido y el golpeteo por debajo de la mesa, con cuentas anónimas y granjas de bots que lo mismo aplauden que atacan, ya está en marcha.
Se viene una temporada intensa. Habrá que ver la operación política y legal que se despliegue desde el despacho ubicado frente a la plaza de armas, y la capacidad de respuesta del equipo azul que opera desde el emblemático estadio Tamaulipas. Hay que aplaudirles a ambas partes que mantengan un cierto respeto a la civilidad.
Las candidaturas son lo de menos. Lo interesante será la evaluación final que hagan los ciudadanos en 2027; cada voto tendrá el efecto de un premio o un castigo. La zona conurbada es eso: tres ciudades vecinas con historias distintas que en cada elección vuelven a confirmar que la cercanía geográfica no garantiza la identidad política.




