13 julio, 2026

13 julio, 2026

Patrimonio a fuego lento

EXPOSICIÓN DE MOTIVOS/ JOSUÉ SÁNCHEZ NIETO

Por. Josué Sánchez Nieto

Promover la cultura desde el Congreso del Estado no es un asunto meramente decorativo; fortalecer nuestras tradiciones ayuda a construir identidad, generar orgullo comunitario y proyectar una imagen distinta de Tamaulipas: la de un estado reconocido por su historia, sus sabores y la riqueza de su gente.

Por eso, la iniciativa presentada el pasado 29 de junio por la diputada de Morena Silvia Isabel Chávez Garay merece analizarse sin burlas fáciles, pero tampoco con el aplauso automático que acompaña ciertas propuestas de “rescate cultural”.

De manera muy puntual, la legisladora solicitó que el Ejecutivo realice los estudios necesarios para declarar al machacado como patrimonio cultural gastronómico de Tamaulipas.

De entrada, la idea, no es mala. En Jiménez existe una tradición importante alrededor de la carne seca y el machacado; hay productores, familias y negocios que han conservado su preparación. Por tanto, reconocer esa actividad bien podría impulsar el turismo regional, fortalecer cadenas productivas y darle visibilidad a una comunidad que merece aparecer en el mapa.

Los apagones constantes, el precio de los granos básicos y otras urgencias regionales en el distrito de la diputada no significan que la cultura deba esperar eternamente; para eso, el Congreso puede atender más de un asunto a la vez. La cultura no compite con el suministro eléctrico. Eso sí: tampoco debe utilizarse como guarnición legislativa para disimular los temas que verdaderamente le duelen a los ciudadanos.

Sin embargo, el punto débil está en otro lugar. El machacado no tiene acta de nacimiento exclusivamente tamaulipeca. Es una tradición culinaria compartida por buena parte del norte de México, derivada de antiguas técnicas para conservar carne mediante el secado y la sal.

En Tamaulipas tiene arraigo, especialmente en Jiménez, pero presentarlo como una creación originaria del estado sería, por decirlo suavemente, ponerle demasiado chile a la historia.

Eso no significa que no pueda reconocerse. El patrimonio cultural no exige una patente de invención. Lo que debe demostrarse es que existe una práctica comunitaria viva, transmitida entre generaciones, con características locales propias y valor para la identidad de quienes la conservan. Tal vez el objeto correcto no sea “el machacado” en general, sino la tradición de producción y preparación del machacado de Jiménez.

La discusión también exhibe una deuda mayor. Tamaulipas cuenta desde 1997 con una Ley del Patrimonio Histórico y Cultural que, en casi tres décadas, solamente ha recibido siete reformas.

La norma menciona el patrimonio cultural intangible, pero sus procedimientos siguen pensados para inmuebles, objetos y zonas protegidas. Tenemos una ley preparada para cuidar fachadas y monumentos, pero mucho menos clara para proteger recetas, técnicas o saberes comunitarios.

Y aquí les dejo una asesoría de cortesía: ahí existe una verdadera oportunidad legislativa. En lugar de declarar platillos uno por uno, como si el Periódico Oficial fuera menú de restaurante, el Congreso debería modernizar la ley y establecer reglas claras: investigación histórica, participación comunitaria, dictámenes de especialistas, acreditación del arraigo y programas de conservación y promoción.

De lo contrario, mañana podrían proponerse el chorizo de Jaumave y Ocampo, el pan de elote de Hidalgo y cuanto producto sea popular en una región. Todos pueden ser valiosos, pero la popularidad no sustituye al sustento histórico ni una declaratoria, por sí sola, genera turismo, empleo o identidad.

Tamaulipas tiene mucho que presumir: las tortas de la barda, la carne a la tampiqueña, las enchiladas tultecas, la jaiba rellena, los bocoles y muchas expresiones culinarias que hablan de nuestro territorio. Promoverlas es necesario. Pero el patrimonio no debe cocinarse con prisas ni servirse como ocurrencia de Tribuna.

Reconocer nuestra cultura sí; convertir cada antojo en decreto, no. La identidad tamaulipeca merece estudio, memoria y políticas públicas. Sobre todo, merece cocinarse a fuego lento.

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