15 julio, 2026

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La mujer que recibió las vidas de todo un pueblo

A los 99 años María Ruiz Lucio es una de las últimas parteras rurales de Victoria y la habitante más longeva de los fundadores del ejido Fuerte de Portes Gil
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Por Raúl López García
Expreso-La Razón

CIUDAD VICTORIA, TAM.- Hay mujeres que dejan huella y hay otras que dejan generaciones enteras.
María Enriqueta Ruiz Lucio pertenece a estas últimas.
Este 15 de julio cumple 99 años de vida convertida en memoria viva del ejido Fuerte de Portes Gil, una de las últimas parteras rurales de la zona centro del estado y la habitante más longeva entre los descendientes de quienes fundaron esa comunidad.

Cientos de Tamaulipecos comenzaron a respirar gracias a sus manos.
Nació el 15 de julio de 1927, cuando el ejido apenas daba sus primeros pasos.
Sus padres llegaron desde Jaumave para formar parte de aquella nueva comunidad impulsada durante el reparto agrario.

Casi un siglo después, mientras Fuerte de Portes Gil se acerca a celebrar sus primeros 100 años de existencia, la historia de Enriqueta camina de la mano con la del pueblo que la vio crecer.

Su destino cambió a los 17 años. Personal de Salubridad recorrió las comunidades buscando jóvenes que quisieran formarse como parteras.

Ella levantó la mano y pasó más de un año internada en el Hospital Civil de Ciudad Victoria aprendiendo anatomía, obstetricia y primeros auxilios.

Regresó convertida en la única esperanza para decenas de comunidades donde un médico tardaba horas o simplemente nunca llegaba.

«Ella estuvo más de un año en el Hospital Civil y regresó siendo la partera de toda la comunidad. Empezó a atender partos cuando apenas tenía 17 años», recuerda su hijo Juan Antonio Ruiz.

Desde entonces comenzó un recorrido que duraría décadas. Atendió nacimientos en Fuerte de Portes Gil, Santa Ana, La Peña, Otilio Montaño, La Crucita, Juan Rincón, Santa Rosa, La Peñita, Rancho Nuevo, San José Montemayor y muchas otras comunidades enclavadas al pie de la Sierra Madre Oriental.

No había horario.
Bastaba que alguien tocara su puerta para tomar su maletín y salir.
A veces caminaba varios kilómetros bajo el sol abrasador; otras cruzaba arroyos desbordados o avanzaba entre la oscuridad de la madrugada. Después del parto regresaba todos los días para curar el ombligo del recién nacido hasta asegurarse de que el bebé estaba fuera de peligro.

«Caminaba mucho, cruzaba ríos crecidos y luego volvía diario para curar al niño. Nunca dejó de ir aunque lloviera o hiciera frío», cuenta su familia.
Su trabajo fue mucho más allá de recibir bebés.

También era la encargada del botiquín de la Hacienda Nogales, donde atendía accidentes de los trabajadores, aplicaba inyecciones, curaba heridas y suministraba medicamentos que Salubridad le hacía llegar.

En aquellos años era al mismo tiempo enfermera, promotora de salud y la persona a la que todos acudían cuando alguien enfermaba.

Las historias que dejó son casi legendarias. Una de ellas habla de un recién nacido que necesitaba el calor que hoy proporcionaría una incubadora.
Sin electricidad ni equipo médico, calentó tabiques con carbón y construyó un pequeño refugio para mantener estable al bebé.
El niño sobrevivió.
La ciencia que aprendió en el Hospital Civil y el ingenio que le enseñó el campo salvaron una vida más.

Nunca supo cuántos niños ayudó a nacer.
Perdió la cuenta hace décadas.
Lo que sí permanece es el cariño de quienes todavía la llaman «abuelita», porque fue ella quien los recibió por primera vez entre sus brazos.
Su firma en las bitácoras servía incluso para tramitar el registro oficial de nacimiento de los recién nacidos.

«Muchos ya son personas mayores y todavía le dicen ‘abuelita’, porque ella los trajo al mundo. Ese es el cariño que le tiene toda la región», relata Juan Antonio Ruiz.
En aquellos años el dinero era escaso y casi nadie pagaba con monedas.
Gallinas, leche, huevos, leña, frutas, borregos o ayuda para levantar una casa de palma, eran sus honorarios.

Y cuando una familia no tenía absolutamente nada, Enriqueta atendía el parto de cualquier manera.
«Mi mamá nunca decía que no. Si no tenían dinero les decía: ‘Como quiera vamos a atender’. Siempre tuvo una enorme empatía por la gente», recuerda su hijo.
Además de recorrer los ejidos formó su propia familia de 7 hijos. Hacía tortillas para todos, cocinaba, lavaba ropa, atendía enfermos y salía de madrugada cuando la llamaban para asistir un parto.
En una época donde todo se hacía caminando logró sostener su hogar, sin abandonar nunca la vocación que marcó su vida.

Hoy al cumplir 99 años, María Enriqueta Ruiz Lucio ya no camina entre veredas con su maletín metálico ni carga aquellas jeringas de vidrio que conservó durante décadas.
Sin embargo su verdadera herencia no cabe en un museo. Vive en cientos de hombres y mujeres que un día llegaron al mundo gracias a sus manos. Porque mientras algunos construyen pueblos con ladrillos, ella ayudó a construirlos desde el primer llanto de sus hijos.

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