2 abril, 2025

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Crónica urbana

De tamales y promesas

Crónica Urbana

Los tamales en hoja de maíz para mí, norestense puro, son una delicia. «Tatemados» un bocato di cardinali. No hay mejor tamal que el que agarramos del comal que le dijo a la olla, oye olla, oye oye.

Todo tamal es bueno y no deja de ser tamal. Mi madre nos hacía de masa para rendir la mesa. Los de masa con azúcar o de sal, en la brasa, para chuparse los dedos. Los tamales como cultura del imaginario de la pobreza son la salvación del alma y sus suspiros si no son inolvidables, son eso sí, un gran respiro estomacal. Los tamales son el orgullo nacional. A mí me gustan de pollo y de gallina avada. Aunque también le entro a los de acelga y hoja de plátano. Prefiero mil veces los de hoja de maíz, más norteños que nunca. El de cazuela para las muelas y el de cazuela de acero para los tamaleros de abolengo como yo.

El tamal recalentado sólo para los dioses y semidioses. Hay que saber gozarlo cuando la hoja se quema y cuando cae a la brasa y la ceniza, un manjar. No hay mejor tamal que el que se arrima al comal. Pegadito el tamal es más bonito. El cachondeo, los besos furtivos, las caricias ligeras en son de tamal es la sinfonía de los pobres y de la clase media que aspira al poder. La filosofía del tamal es; si está mal es tamal. Delicia salvaje, el tamal es más mexicano que la Malinche y Hernán Cortez.

Las promesas de mesa son inolvidables porque siempre se olvidan. Las promesas políticas son como los cuchillos de palo, al final también calan, pero calan en los calzones porque ya no podemos zurrarlas. Dicen que el prometer no empobrece. La verdad es que con tantas promesas de los políticos estamos cada día más pobres. Las promesas son el corolario de una verdad  inocultable; el prometer sí empobrece,  con la gasolina tan alta empezaremos a tocar las alas de la inflación. «El prometer sí empobrece».

En la euforia tamalera se confunden los pedos con los pedorros, aunque sean muy hermosos al mirarlos.

Nota; mi hermano Cucufate está un poco malancón. Lo tenemos en el Seguro Social, confiamos en Dios que se levante como Lázaro, para que nos echemos unos tamalitos, como aquellos que hacía nuestra mamá Paulina cuando éramos niños.

 

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