Acaba de fallecer en París el padre de la ciencia política francesa, Maurice Duverger. Fue el forjador de esa disciplina en su país. En la búsqueda incesante de metodologías propias y de objetos de estudio prototípicos trascendió el estudio de derecho constitucional, pero a contrario sensu del siglo XX, se abocó a estudiar el origen y naturaleza de los regímenes políticos, en sus contextos económico, social e ideológico. Asumió la relatividad de las estructuras estatales y ubicó la dimensión de su eficacia en función de la realidad social.
Sus numerosos análisis de las instituciones existentes, más allá de las formales, contribuyeron a la “desmitificación del Estado”. En su afán por esclarecer “la vigencia social del derecho”, si bien se empeñó en el estudio de la norma escrita, lamentaba que “la tradición de los juristas había consistido en despreciar las realidades y, arrastrados por el gusto de la abstracción, deificaban al Estado y sus gobernantes, convirtiéndose en auxiliares de los grupos sociales dominantes”.
Los estudiantes extranjeros que acudimos a sus aulas en la segunda mitad de los años cincuenta, encontramos el puente indispensable para entender el Derecho, a partir de sus orígenes, de sus objetivos y de los resultados que generaba en la esfera social. Padecíamos, casi todos, de una inmensa laguna en nuestra formación, habíamos estudiado la ciencia del derecho, pero carecíamos de instrumentos intelectuales para conectarla con la realidad. Hubo maestros que nos dijeron al término de la licenciatura: “les hemos enseñado Derecho, pero no olviden que éste, no es necesariamente aplicable a la realidad. Eso deberán aprenderlo por ustedes mismos”.
Tal era el vacío académico que, al solicitar nuestra beca para estudiar en Francia, anotamos como objetivo realizar estudios de “sociología jurídica” a fin de encontrar un vínculo entre las distintas ramas del Derecho y la realidad. Había predominado en nuestra formación la lectura de los autores alemanes, normativistas y decisionistas, nos seducían las doctrinas de Kelsen, Hegel o Karl Schmitt. La aportación francesa era soslayada, unas veces por considerarla positivista y otras debido a que las bases ideológicas que las inspiraban, divergían diametralmente de las que habíamos cultivado.
Había surgido, sin embargo, después de la liberación de Francia una pléyade de profesores que incursionaban con ideas nuevas en la ciencia política, la historia de las ideas políticas y el propio derecho constitucional. Para ellos las instituciones políticas están ligadas a las estructuras económicas y sociales, a los niveles de desarrollo, a las ideologías y sistemas de valores y a las tradiciones culturales. Su conjunto, decía Duverger, “forma el sistema político de cada país cuyos elementos no son separables”. Confesó que “las tradiciones pedagógicas le habían hecho difícil presentar las instituciones políticas en el contexto social del que forman parte, lo que es indispensable para comprender su funcionamiento y significado”.
Durante los veinte años posteriores a la segunda guerra mundial se duplicó el número de constituciones en el mundo, ya sea por el nacimiento de nuevos países o por el cambio de constituciones en la misma Europa. El conocimiento de ese panorama normativo y de sus peculiaridades obligaba a un esfuerzo intelectual múltiple, a efecto de evitar groseras falsificaciones. Fue así como el maestro Duverger nos indujo al estudio del sistema político de nuestro propio país. Yo trabajaba entonces con el profesor Vedel, quien me había conducido al estudio de la abstención en las elecciones del Frente Popular. Retirado de la cátedra para participar en la redacción de la Constitución de la Quinta Republica, quedé por entero en la órbita de Duverger.
En su última visita a México nos invitó a almorzar a Luis Javier Garrido y a mí. Nos identificó como sus alumnos mexicanos por haber adoptado la metodología que nos propuso y habernos dedicado en la cátedra, en el periodismo y en la lucha política, al estudio y crítica del sistema político en su conjunto. Por mi parte le agradezco la claridad de su palabra y haber sido factor decisivo en la idea que hace tiempo promuevo, la de una nueva Constitución para México.