«La selección natural no favorece directamente la cooperación, sino que busca la equidad ya que ésta hace que la cooperación continúe».
Es claro que la cooperación entre individuos y grupos ha sido un factor fundamental en la evolución. Diversos estudios han mostrado que una de las vías para que la cooperación se incorporara como una característica etológica en varios grupos de animales fue el que la selección natural favoreciera el rechazo a la inequidad en la recompensa (o pago) a individuos que desarrollan la misma tarea. La evolución de la cooperación requiere que sus beneficios alcancen a todas las partes contribuyentes en cantidades aproximadamente similares. La selección natural trabaja sobre las ventajas relativas individuales, es decir, la selección natural favorece al que recibe más en comparación con otro, no en absoluto.
Como vimos en la entrega anterior, en la revisión de Brosnan y de Waal (Evolution of responses to (un) fairness. Science 17/10/14) diversos animales fueron expuestos a una tarea que requería un determinado esfuerzo y se les recompensó de manera inequitativa. Esto generó diversas situaciones que vale la pena analizar. Por un lado, los individuos se quejaron casi exclusivamente ante la inequidad cuando se encontraban sentados lado a lado; en cambio, cuando se sentaban alejados se presentaron menores reacciones de aversión a la inequidad. Esto sugiere que la proximidad física puede ser parte integral de las reacciones de aversión a la inequidad, posiblemente por el vínculo entre proximidad y cooperación y por la forma en que la proximidad facilita la recolección de información sobre el compañero. Por otro lado, las respuestas adversas a la inequidad parecieron influenciadas por el grado de dominancia, el sexo y la calidad de las relaciones entre los participantes. Lo que señalan Brosnan y de Waal es que la cooperación con un sujeto sin relación de parentesco (altruismo recíproco) no habría podido aparecer sin un mecanismo que asegurara el compartir la ganancia. Recordemos que la cooperación entre individuos emparentados es parte del comportamiento de todos los animales, en particular de los que tienen cuidado parental, pero cooperar para la sobrevivencia de un individuo no emparentado es otra cosa, es verdadero altruismo. Tal vez por ello, la aversión a la inequidad es más fuerte en especies que presentan colaboración entre individuos sin parentesco, con respecto a especies que no presentan este tipo de cooperación. La hipótesis planteada es que la evolución de esta respuesta adversa a la inequidad permitió el desarrollo del sentido de equidad en diversas especies, incluida la nuestra, que busca no la equidad en sí misma, sino la cooperación continuada. Es decir, la selección natural no favorece directamente la cooperación, sino que busca la equidad ya que esta hace que la cooperación continúe.
Los estudios experimentales de cooperación en primates comenzaron en 1936 y desde entonces se ha demostrado la cooperación y la aversión a la inequidad en los grandes simios, en muchas especies de monos y en elefantes, hienas, vacas, canes y aves. Son de destacar los estudios de Waal sobre el rechazo a la inequidad en monos capuchinos. Se ha documentado en estos experimentos, que dichos animales rechazan recompensas menores si un compañero recibe una compensación mayor, o dejan de cooperar tras la exposición a varios eventos con el mismo resultado. Esto parece indicar que, pese a los costos a corto plazo, el rechazo a la inequidad podría generar ganancias a la larga, al hacer evidente al compañero que la relación está por disolverse o al llevar a quien ha sido afectado a dejar la relación y aliarse con un compañero menos egoísta.
En resumen, los humanos y otras especies compartimos reacciones básicas en contra de la inequidad, lo que responde a la necesidad de cooperación continua, pero el mayor desarrollo del cerebro humano nos permite mayor entendimiento de los beneficios del autocontrol en el contexto de la división de los recursos y, adicionalmente, el desarrollo del lenguaje nos facilita la comunicación. Por ejemplo, hay evidencia de que la aversión a la inequidad es menos pronunciada en amistades humanas bien cimentadas, en comparación con lo que ocurre en la relación con colegas y conocidos. Sin embargo, muchas de las reacciones que caracterizan nuestro sentido de la justicia están sentadas en nuestra historia filogenética.