26 mayo, 2026

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Somnolencia social (Parte II)

Ser y deber ser
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Llega el taxi por Max, le indica al taxista que lo lleve la Secretaría de Hacienda y Crédito Público de la Nación, aunque Max lo dijo con orgullo y con una gran sonrisa en el rostro (como se mencionó en la columna anterior, se encontraba muy positivo), notó que el taxista no estaba de humor, ¿habrá tenido un mal día o le incomodó el lugar al cual se dirigía?

Durante el trayecto imaginaba como sería su día, se encontraba programando mentalmente las cosas que debía hacer en su oficina, terminar de firmar los oficios para su jefe y enseñarle un proyecto en el que estaba trabajando meses atrás con el cual buscaba mejorar la recaudación sin afectar directamente a la ciudadanía, consideraba que, lamentablemente, como mexicanos teníamos una cultura de recaudación muy frágil, derivada de la dependencia nacional hacia el petróleo, pero ahora que el petróleo ha disminuido en ventas, deben apretar más los mecanismos que emplean, requerimos de más dinero para mejorar el rumbo del país, vociferaba en su cabeza. De repente, se percató que en la radio estaba una canción de Silvio Rodríguez:

“…ojalá se te acabe la mirada constante
la palara precisa, la sonrisa perfecta
ojalá pase algo que te borre de pronto
una luz cegadora, un disparo de nieve
ojalá por lo menos que me lleve la muerte
para no verte tanto, para no verte siempre
en todos los segundos, en todas las visiones
ojalá que no pueda tocarte ni en canciones…”

Esa canción llamada “Ojalá” le recordaba mucho a su padre, que había fallecido años atrás, punto que no le dio tristeza, todo lo contrario, lo llenó de gusto pues recordarlo lo llenaba de vida, según su padre la parte de la letra que dice “un disparo de nieve”, en realidad se refería a “Nievi”, el mejor francotirador ruso del Ejército Ruso y héroe de la Unión Soviética, trató de compartir esa anécdota con el taxista, pero a éste no le importó, al parecer seguía de malas, y lo entendía, el tráfico de la ciudad era terrible.

Al llegar al edificio que alberga su oficina, pagó el recorrido, dejando dinero de más, como lo pronosticaba, no recibió un gracias, no lo tomó personal. Al bajar se topó con una protesta por las reformas fiscales del país, fue bienvenido con un “cerdo capitalista”, le habían llamado de muchas formas negativas en su vida, pero nunca de esa manera, le causó algo de gracia y continuó hacia la recepción, saludó al guardia y se dirigió al piso 8, donde estaba su oficina.

Después de unas horas de trabajo, de casi terminar su jornada laboral, por fin pudo plantear el proyecto humanista que había elaborado a su jefe, pero no fue lo que esperaba, a pesar de que su superior le reconoció la calidad del mismo, le dijo que no formaba parte de los intereses actuales del Estado, no quiso preguntar más, sólo se preguntó ¿acaso los intereses del Estado no son el bien común?

Salió del trabajo, el trayecto a su casa fue más placentero, el nuevo taxista era muy afable, lo recibieron sus hijos y su esposa con el cariño de siempre, su malestar laboral lo había dejado donde pertenecía, en la oficina del piso 8 de la torre, sabía que lo importante de la vida estaba frente a él, su familia, que era su motivación diaria, el tropiezo en su oficina no le restaría sus ganas de luchar por un mejor México, aun cuando su grano de arena fuera poco significativo.

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