Muchos victorianos y victorenses se han ido de paseo, van al tianguis playero a mover el bote a la orilla del mar. Cargan sus cheves y sus chavas para hojear los periódicos, mientras los ojos saltados y sin discreción descargan sus deseos con una furtiva lágrima de los vejestorios y suspiros de los chupamirtos y de la juventud divino tesoro.
La ciudad luce desierta con un sol al mojo de ajo y el comal le dijo a la olla oye oye, por qué no estás en tu color. Los autos son la estufas más criminales porque reparten olores a sorbos que nos dejan encalados de esmog ojos, nariz y garganta. Y así, unos buenos días sin los destartalados autos es un descanso para nuestro organismo ya muy destartalado por la bola.
Mientras en las playas, los victorianos y victorenses se revuelcan en la arena tampiqueña con las pequeñas y los perros de agua del puerto. Otros, los victorianos ilustres se han ido a las playas de la Isla del Padre, muy padre, porque tiene un excedente de deudas y de dólares y gozan la vida que en el mar es más sabrosa.
Las playas son la cura mejor porque la sal curte la piel, mata a las pulgas y sacude la salea para bien de nuestro cuerpo. Nos ofrecen la oportunidad de observar las buenas curvas y las buenas nachas para complacer a nuestra veterana libido. Permite que los cuerpos luzcan, ya de mujeres y hombres o de híbridos de machaca. Cuerpo sano en mente sana. Oportunidad para los supermanes y murciélagos que buscan su chupirul, una flota de alegrías de sabores diversos ya para máquinas de patio o para paquidermos ovíparos que les gusta gozar a pleno sol.
En las playas la equidad de género se pierde, porque todos en tanguita lucen iguales aunque les guste el harakiri o el kikiriki.
Y las albergan a todo color, los mejores cuerpos de la región de Tamaulipas, Nuevo León, Veracruz, Coahuila y el DF. Ya sea de mujeres celestiales, hombres de capa y espada e híbridos, porque la libertad es la playa donde dice la canción que la vida es más sabrosa.




