El caso Miguel Herrera deja espacio, en la opinión de su servidor, a dos reflexiones.
La primera, si me permite exponerla, es la de índole social.
La historia de “El Piojo”, como se le conoce en forma generalizada, es la de todo el futbol mexicano, saturado de soberbia, caprichos, violaciones de los reglamentos y sobre todo, de una profunda, grosera, falta de respeto a ese deporte y a la enorme afición que posee. Fanáticos en su mayoría.
Ahora, a Herrera le tocó –bien merecido sin duda– asumir el clásico papel de quien paga los platos rotos de un balompié deformado en su rama profesional por los intereses particulares y explotado por una élite de directivos, quienes se arrogan el perfil de dueños de la verdad y los valores.
Por supuesto que el cese de Miguel es un acto de justicia plena, pero con él también deberían ser sancionados quienes, por razones que se miden en pesos y centavos, le dieron oxígeno para sostenerlo con vida artificial en los eventos más cercanos, pese a los resultados desastrosos obtenidos por el “equipo de todos” en la Copa América y el pésimo desempeño en la Copa Oro, donde el título se logró con una actuación tan pobre que su obtención dejó un sabor más amargo que dulce.
No se engañe con la falsa moral de los directivos y su rasgado de vestiduras. Desde la Copa América, Miguel Herrera ya era una carga para ellos y aún así arriesgaron la Copa Oro para salvar los compromisos multimillonarios contraídos con empresas que incluían la figura del ex timonel. El zipizape con Christian Martinoli les cayó del cielo a Decio de María y colegas para deshacerse de quien ya era una pieza incómoda y cada día daba más problemas.
Los días de “El Piojo” estaban contados. Lo que él hizo con sus acciones tan reprobables como estúpidas, fue sólo acelerar una decisión que casi todos reclamaban.
Y sigo con la segunda reflexión. La Personal.
A Miguel le faltó entender una frase que en sus momentos de gloria repetía Elba Esther Gordillo, la ex dirigente del Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación.
“Quien le tenga miedo a los espantos, que no salga de noche…”
En una traducción sobre las rodillas, esas palabras son una lección fuera de aula para quienes no entienden que un trabajo público –e indudablemente el de Herrera lo era– está sujeto no sólo al escrutinio general, sino al enjuiciamiento que usualmente es crítico y que para algunos, como es el caso de “El Piojo”, resulta insoportable. Igual que para algunos políticos.
Qué le vamos a hacer. Así somos los mexicanos, como lo confirman las opiniones de Claudia Rivas, una reconocida psicóloga deportiva y de Gustavo Zepeda, presidente de la Federación Mexicana de Psicólogos del Futbol, sobre la personalidad del ex técnico, sobre quien dejan caer un dictamen coincidente que parece alcanzarnos a todos: “Miguel Herrera no acepta que se equivoca”.
El diagnóstico de la sicóloga podría ser el retrato de cualquier mexicano. Usted, su vecino, su jefe, su compañero de trabajo y desde luego, de quien esto escribe. Diga si no es así:
“No asume su parte de responsabilidad en las malas, la culpa es de los demás, su carácter explosivo no le ayuda a tomar buenas decisiones y su propia presión lo hace tropezar”.
Todo eso no es un perfil distintivo de Miguel Herrera. Es el de todos, hombres y mujeres, que vivimos y sobrevivimos en este bendito país.
Y hoy, los directivos del futbol profesional lo validan perfectamente con su actitud. Ellos tampoco aceptan que se equivocaron al mantener a “El Piojo” al frente de la selección, más tiempo de cuando debió haber dicho adiós…
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