18 enero, 2026

18 enero, 2026

Crónica urbana

Como perros mareados

Crónica Urbana

La lluvia nos cayó en los cachetes pero no logró mojar a este calor infernal en que vivimos. Andamos como perros sin mecate, asoleados, raspando las paredes y orinando los troncos de los árboles.

Si nos ponen un hueso nos vamos sobres a limar nuestros dientes calorizados, tallados por el sol que ha comido la capa de ozono como si fuera mantequilla de Linares.

Con este sol, y desgraciados de la nómina, no tenemos más gracia que babear como perros famélicos que ya no podemos ni ladrar a la luna, ni a las dos brinca la mula y patada y coz.

Muy bien, pueden ser tardes de perros como el comal le dijo a la olla «oye olla, oye oye». El calor ya nos tiene calcinada el habla y los pies son como llamaradas que parece que vamos a morir a carcajadas. Vamos por las calles ondulados, con los ojos vidriosos y la mirada perdida. Parecemos víboras en brama, cascabeleando como los motores no afinados. Lagartijas emplomadas, cabezas de coyote cojo, mandriles de nalgas rojizas. En fin, el calor nos ha minado el poder de la crónica porque no nos deja pensar.

Para vivir en Victoria hay que tener piel de serpiente emplumada, nariz de nauyaca y patas de cocodrilo. Buscamos refugio en los grandes almacenes para echarnos un cafe helado, una soda y un refresco de cola. Aunque las colas ya han aumentado el precio con eso de la caída del peso. Pero con el calor, aunque se antojan, le sacamos la vuelta porque es como sacarnos un ojo de la cara. Porque es más fácil que entre un dólar por el ojo de una aguja que un peso. Y eso de darle beber al sediento es un decir porque colas, refrescos y aguas ya están por las nubes.

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