¿Cómo define usted a la felicidad?
¿Qué es lo que hace para lograr alcanzarla?
¿Se considera usted feliz?
Las preguntas no son fruto de un regodeo mental de su servidor o una ocurrencia de fin de semana. Nacen de mi confusión y en forma paradójica también satisfacción, ante el resultado de una de las tantas mediciones sociales que en forma sistemática aplica el INEGI en México y que apenas hace un par de días tuve en mis manos.
El panorama que refleja ese estudio, denominado Encuesta de Bienestar Subjetivo en México, realizado en 2014 y apenas publicado por el propio INEGI y difundido por Roy Campos unos días atrás, arroja un balance inesperado:
En este país, casi todos somos felices o por lo menos nos acercamos mucho a serlo.
Debería escribir la frase entre signos de admiración, pero ya me he acostumbrado a que en nuestro bendito suelo patrio todo parece ser posible, así que decidí tomarlo con calma y tratar de encontrar una explicación a lo que en principio semeja una incongruencia.
Las cifras del instituto, tomadas como promedio en un rango de calificación en la escala del 1 al 10, pondera la percepción de felicidad en los diversos estratos de educación. Estos son los números:
En los entrevistados con ninguna escolaridad, la “palomita” al nivel de felicidad fue de 7.5. En quienes terminaron la enseñanza primaria, ese estado anímico fue calificado con un 7.7; mientras que los que concluyeron la secundaria dimensionaron su dicha con un 7.9.
Las cosas son mejores todavía en círculos académicos más elevados. Quienes terminaron la preparatoria le dieron un 8.2 a su nivel de bienestar; en tanto los que finalizaron la educación profesional le pusieron un 8.4. En el grupo que cerró la pinza, los que tienen un posgrado, fueron más generosos y le estamparon un 8.6 a la satisfacción que disfrutan.
Una certeza y una pregunta son para su servidor, el saldo de este panorama. Con su permiso.
La primera es que no se requiere tener una maestría o un doctorado para verse feliz a sí mismo, pero también no cabe duda alguna de que para sentirse más cómodo en nuestros respectivos entornos es necesario estudiar más y más. Es claro que el poseer mayores conocimientos abre perspectivas de superación que conducen a una existencia más digna de vivirse.
Si me permite, expondré la pregunta:
¿Es acaso México el país de las maravillas?
No, por desgracia no lo es, pero eso es precisamente lo que me hace amar a mi país y valorar en toda su grandeza a mis paisanos. Esa investigación me demuestra una vez más que por encima de tantas desgracias, vicisitudes y desigualdad social, casi todos los hijos de esta noble tierra tenemos viva, muy viva, la capacidad de buscar caminos para no dejar que nos arrastre la tristeza o nos lleve, como dice la voz popular, la China Idalia.
Me siento orgulloso de ser mexicano. Y me siento aún más, por tener a esta clase de positivos seres humanos como compatriotas.
Caray, no me gusta exhibir mi patrioterismo, pero estas noticias me devuelven el ánimo, gratifican mi optimismo, me hacen olvidar el riesgo de ser llamado “naco” y me llevan a soltar el clásico grito:
¡Viva México!… el resto de la frase: hijos de la… se lo debo. ¡Feliz domingo!
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