De calle en calle, bordeando plazas, asomando en la central camionera y en los faldones de la ciudad. Pancho Chocolates, recorría lares idóneas para su predicaciones alternativas de su feliz negocio de chocolates, con una verborrea religiosa y la compra de sus chocolates a 10 pesos pieza.
Pancho Chocolates se convirtió en un viandante popular en las calles de Victoria. Siempre presto, soltando sus predicas a cambio de comprarle un chocolate. Obsesivo en sus ventas y verborrea, Pancho conseguía sus propósitos: que la espontánea clientela caía en sus garlitos de piedad y bendiciones.
Por mucho tiempo consiguió sus objetivos; vender y vender a cambio de la refriega religiosa.
Pancho Chocolates se ganó a pulso el afecto de los victorenses, pueblo a donde llegó hace 7 años y en su deambular fomentó amigos y simpatías.
Diez pesos por predica y chocolate, negocio redondo porque la gente le daba los 10 pesos pero no se quedaba con el chocolate.
Pancho creó un mercado efectivo de ganar el 100 sobre cada chocolate. Y la caja jamás se consumía. Todo era alegría y felicidad en este larguirucho y fuerte vendedor que había llegado de Llera de Canales a cambiar sus días en un mejor nivel de vida. Hombre solitario, a veces empalagoso, Pancho Chocolates recorría todos los caminos hasta aterrizar en su final nada feliz; La Cantina del 16 Ocampo, donde libraba sus emociones y ganancias para un cantinero que sí era feliz con esta pequeña veta de oro todas las tardes.
Pronto Pancho se convirtió en un bebedor, un alcohólico empedernido que poco a poco fue minando sus fuerzas y sus predicas fueron cayendo en la bancarrota.
Y con éstas su cadáver, porque hace días amaneció muerto en la banqueta de su cantina favorita, del 16 Ocampo. Muerte por tequila o cerveza, Pancho Chocolates pasó a mejor vida, o a peor, tal vez. La cirrosis, su diabetes, lo mandó con decenas de cartones de cerveza a la tumba.




