¿Por qué conmociona tanto a Tamaulipas el secuestro –hasta ahora es la versión oficial– del futbolista victorense Alan Pulido?
Para muchos, sin menoscabo del drama que viven los seres queridos del deportista y él mismo, debería importar de igual manera –y tienen razón en pensar así– el plagio de un albañil, de un pequeño comerciante, de un maestro de escuela o de un médico, por citar algunos casos similares.
En todos esos casos, la zozobra y la preocupación por ese ilícito deben haber sido y seguramente lo siguen siendo, igual de intensos, igual de dolorosos. Son desgracias cuyo impacto no admite excepciones en órdenes sociales, niveles económicos o rangos profesionales.
Y sin embargo, en el tema que nos ocupa sí existe una diferencia.
¿Cuál es?
Alan es en Victoria una especie de hijo de todos y amigo de todos. Miles de jóvenes lo consideran un ejemplo a seguir y otros tantos lo ven como el hijo que quisieran
tener en sus familias. Para decirlo en una frase corta, prácticamente lo conocen todos.
En circunstancias semejantes sufridas por otras personas, aunque sean igual de trágicas –un secuestro es en sí una tragedia por las secuelas que implica– la diferencia en muchos casos con el caso de Pulido es el desconocimiento de las víctimas, quienes pese a su calidad de seres humanos y que por lo tanto merecen nuestra plena atención, se convierten en ejemplos del viejo y en este caso doloroso refrán que asienta que “ojos que no ven, corazón que no siente”. Son rostros anónimos en su mayoría a los cuales infortunadamente la memoria colectiva no archiva en su debida dimensión.
Por eso el caso de Alan cala mucho más. Porque prácticamente todos los tamaulipecos lo conocemos y una gran parte de nosotros lo admiramos. La percepción de muchos, sin exagerar, es que de alguna manera se agravió a sus propias familias.
Queda así sólo un buen deseo. Ojalá que Alan vuelva sano y salvo a su hogar. Ojalá que esta amarga experiencia se convierta en una especie de pesadilla de la cual, para bien de todos, pudimos despertar…
SACRAMENTOS Y ETIMOLOGÍAS
El rechazo en Tamaulipas de la Iglesia católica, confirmado a través de sus obispos, a calificar como matrimonio a la unión civil entre personas del mismo sexo, tiene un origen que va más allá de un rito sacramental. Si me permite –y disculpe las pretensiones de sabihondo– recurriré en honor a mis maestros de preparatoria, a la etimología de la palabra para decirle cuál es.
La palabra matrimonio viene del latinismo “matrimonium”, el cual a su vez se compone de las palabras “matrem”, que significa madre y de “monium”, que indica ‘calidad de’.
Para decirlo de manera más clara, el matrimonio de acuerdo a sus raíces implica la figura de una madre y a la calidad de ésta, entendida –así parece– por la finalidad de procrear.
Lo anterior parece también darle la razón al clero católico, porque ni la relación sexual entre dos hombres ni la que se de entre dos mujeres tiene esa posibilidad. En el segundo caso, alguna podría ser madre, pero no sería su pareja la causa, sino alguien del sexo opuesto.
Tal vez la Iglesia fracase en sus intentos de frenar esos contratos civiles entre personas de sexos iguales, pero en apego a la lingüística, que nada tiene que ver con la ley, deberían llamarse simplemente, uniones…
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