Sobre nuestros cocos se nos viene la canícula, ese mal de perros, sol sobre nuestra tierra. Los agricultures están preocupados porque sus cosechas están en peligro de extinción.
Los pobladores se les ponen los ojos cuadrados y a los enamorados se les calienta más la papilla.
La canícula, según los que saben, se dejará caer por cuarenta días y cuarenta noches y que por lo tanto las testas de muchos y la piel se pondrá como borrego trasquilado.
La canícula impactará al mundo político ante los posibles cambios de la estafeta del poder. Las cabezas están ya calientes como también se les calientan las piernas en los propios escritorios.
La canícula calienta todo; ojos, nariz y garganta, como también calienta las pompis de todos y todas ante el temor de que las cornadas lleguen pronto.
La canícula tiene de temblorina a los aviadores, cobradores, cinturitas y orejas porque se les acaban las babas y las buchacas se arrugan con todo dentro.
La canícula siembra terror porque el calor quema pestañas y hace cantar a las patas y pompas, ricos y pobres, se lleva palos esquineros y farolas.
La canícula es un mal de perros de la naturaleza que cae del cielo y deja caras colgadas y pérdidas enormes en la economía de nuestra región.
Las sombrillas ya están a la venta, pero hay muchos que la canícula les vale sombrilla. En fin.




