Nada en la política, afirman los conocedores de ese terreno, es producto del azar. Nada es obra de la casualidad.
Viene esta percepción al caso, por lo que en apariencia sucede en Tamaulipas en el Partido Revolucionario Institucional. Todo en el escenario tricolor estatal se advierte confuso, nadie parece querer levantar la mano, no hay sobre la mesa cartas que mostrar y sus movimientos se dan por inercia. El PRI semeja un barco sin timón y por lo tanto sin timonel.
Sin embargo, hay una diferencia notable entre la falta de capitán y la falta de rumbo. Es la que en términos coloquiales marca una distancia entre estar al garete y lo que se llama “nadar de muertito”.
En la primera situación no se tiene la menor idea del destino y cómo llegar a él; están perdidos. En la segunda es otra historia: se conoce la ruta, pero se aplica la ley del menor esfuerzo para llegar a puerto aprovechando las corrientes a favor. Se observan las aguas y se mide el viento, se ubica la nave en el lugar apropiado y se dejan llevar. Tardarán, pero llegarán, sostienen los marinos expertos.
¿Está haciendo lo segundo el PRI?
No lo sé a ciencia cierta, pero me llama la atención en forma poderosa la lasitud excesiva y hasta sospechosa en que se mantiene un partido que apenas unos meses atrás era una máquina poderosa, de ancho calado, con sofisticada artillería y comandada por lobos de mar encanecidos en mil batallas.
Es una apreciación meramente personal, pero si sus adversarios conocen al PRI y a su historia, no pueden ni deben confiar como parecen estarlo haciendo,
en que ese navío está encallado totalmente en Tamaulipas.
Le daré un dato nacional que permite tener una idea de este panorama.
Desde que el PRI perdió la primera gubernatura en 1989 en Baja California en el sexenio de Carlos Salinas de Gortari; antes del 2016 había dejado el poder en 23 de los 32 estados, incluida la Ciudad de México. De esos 23, el tricolor se ha recuperado en 16. Sólo la misma Baja California y Guanajuato se han resistido a la reconquista.
Con este escenario, no es saludable para el ahora partido en el poder estatal, Acción Nacional, pensar que el Revolucionario está herido de muerte. Un lapso de 86 años en el poder no se acaba de la noche a la mañana, de la misma manera en que si ahora existiera un Tiranosaurio Rex –símil del PRI en política– sería sumamente difícil matarlo de un solo tiro.
Más aún, empiezan a hacerse evidentes las señales de una reagrupación de fuerzas en el tricolor. Es muy probable que a corto plazo se defina no sólo quién ocupará la dirigencia estatal de ese partido, sino las fuerzas en que descansará el que será seguro intento de volver al control mayoritario. En el Congreso Local se podría gestar un movimiento con ese objetivo.
Si les alcanzará el tiempo a los priístas para demostrar si pueden volver a sus feudos en la cercana lucha por las presidencias municipales y las legislaturas federales, está en veremos. Dependerá de varios factores, entre los cuales destacan dos de primer orden:
Primero, la que parece improbable recuperación de la imagen presidencial, tan lastimada que ni los propios militantes tricolores confían en su pastor nacional. Podría darse este factor por descartado como activo.
Segundo, la calificación del electorado tamaulipeco a los primeros doce meses del nuevo gobierno estatal, que sin ánimo de jugar al vidente ni mucho menos, enfrenta un panorama complicado en grado sumo en todos los terrenos. Justo es reconocerlo, herencia de las generaciones priístas.
Lo que resulte y suceda, es mi mejor deseo que sea lo mejor para los tamaulipecos, Para todos…
Polvorín
La investigación sobre posibles abusos cometidos por el gobierno anterior en el traslado de dominio de bienes públicos a particulares, es un verdadero polvorín. Sus alcances pueden llegar a los más altos círculos gubernamentales…
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