El día 31 de octubre, martes, falleció la madre de uno de nuestros amigos más queridos, Baldomero Zurita, amigo de amigos de la ciudad, la señora Panchita Martínez de Zurita. Trató de describir en el paisaje de las bondades de nuestra tierra a la madre de los Zurita, Jorge Tirzo y Baldomero de Jesús, porque me remonta a lo entrañable del entorno de nuestra infancia donde los barrios abrazados por los rostros de los padres, los hermanos y los amigos al fin que tejen la convivencia y la solidaridad de una provincia sana como el Victoria, de aquel entonces. Yo conocí a doña Panchita y a don Baldomero porque vivían en el 17 Morelos y Matamoros, en esas casas que son el brazo de sombra y la quietud, diáfana, de la antigua Alameda.
Yo, un repartidor de mandado, como otros improvisados, en torno a la famosa Tienda de Abarrotes El Faro de don Humberto Vázquez Espejel, en el meritito 18 Zaragoza.
Así acudí, con cierta frecuencia a dejar el mandado a domicilio, porque abarrotes El Faro, con el teléfono No. 50, atendía a sus clientes del centro de la ciudad, por lo que recibíamos modestas propinas, pero estupenda. La ciudad era dibujada por las mañanas felices y su alameda era cruce de cánticos de pájaros, cotorras, calandrias y chincho coordinados por las escandalosas urracas que el marco del sol travieso de las mañanas. Sentíamos a la provincia en un esplendor no comparado con nadie, 35 o 40 mil habitantes era sólo un barrio de la Ciudad de México, decían los fuereños que llegaron y se avecindaron aquí.
Si tengo querencias de los barrios que configuran mi ciudad me quedaré para siempre con los linderos en torno a la Plaza Juárez y los camellones de La Alameda.
En esa tela del calor citadino conocí a Baldomero, más joven que yo en su bicicleta alada de sueños en las amplias banquetas cercanas a su casa. Así en mi memoria el bosquejo de su padre, don Baldomero, con su pelo cano y a su esposa, muy guapa, doña Panchita. El marte 31 de octubre, decía, murió la madre de los Zurita, de un apellido sonoro, tan unido a las historias de familias de la querida Victoria, con ella muere un paisaje de sentimientos encalados en las nubes, los cantos de los pájaros. Se lleva doña Panchita una experiencia de vidas, de muchas vidas enlazadas por el amor, la enseñanza de sus hijos, el recuerdo de su esposo y de sus apreciados hijos, Jorge Tirzo y Baldomero de Jesús. Casi a la edad de cien años con una mirada prendida a la memoria de su familia, porque nuestras mamás se llevan la miradas del amor, del querer, de la apacible memoria, de las emociones que sólo corazón nos dicta.
Hoy a mediodía, en la Iglesia del Buen Pastor, pediremos a Cristo Nuestro Señor que la siga acompañando al santo aposento, donde van las gentes buenas.




