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Historias de Frontera: el tercer corazón… (Capítulo XVII)

/ 31 de octubre, 2018 / José Ángel Solorio Martínez

Me costó regar mucha sangre -y dejar medio riñón en un quirófano artesanal en medio del monte-, llegar a lo más alto. Nada ha resultado fácil para mí. Desde que llegué a Nuevo Laredo, Tamaulipas con una hambre de la chingada y una sensación de orfandad por la humillación de los gringos, me tracé una meta: salir de jodido, a como diera lugar.

El trabajo, llegó solito en una cantina como a doscientos metros del puente. Se llamaba El Oasis. Se había convertido, en la favorita de las víctimas de la Migra. Todos los días desde las 10 de la mañana, llegaban grupos de repatriados, a tomarse una cerveza y a disfrutar de la botana: tacos de picadillo y caldo de menudencias de pollo.

Nada mal, para quienes teníamos varios días sin comer.

No se permitía la entrada a mujeres.

Jodido el lugar.

Era una vetusta casa de madera, con techo de lámina galvanizada. Doce mesas de la Carta Blanca, con cuatro sillas cada una. Una malhecha barra de pino y ocho bancos, para quienes ahí gustaban beber. A espaldas del cantinero, un estante de rugosas tablas sosteniendo una veintena de birongas: de cuarto, de media y caguamas. El piso, estaba tapizado con aserrín. En el mingitorio, los parroquianos meábamos sobre una inmensa barra de hielo que evitaba el mal olor del orín descompuesto.

Agujeros en las paredes dejados por el nudo de los tablones, dejaban pasar unos luminosos tubos de luz en los cuales se veían revolotear partículas de madera y polvo. Dos ruidosos aires acondicionados, batallaban para refrescar los 45 grados que entraban como vaho cuando se abría la rechinante puerta de triplay.

Un olor fermentado, acedo, golpeaba la nariz de todo recién llegado.

Por un diferendo de un partido de futbol, se liaron a golpes un veracruzano y un hondureño. Se dieron a llenar. El ambiente, amenazaba con calentarse: había una
docena de compatriotas del centroamericano y una treintena de mexicanos que vitoreaban al jarocho.

En ese momento, entré a escena.

Grité:
-¡Ya estuvo cabrones!. ¡Si quieren partirse la madre, sálganse!.

Los rijosos, me vieron desde sus modestos 160 metros.

Dócilmente, se dejaron guiar por mí hasta la salida.

Así me gané la chamba.

Dijo el dueño –que había salido de una pequeña cocina, en donde hacía la botana para los parroquianos-:

-Ya tienes trabajo güerco. Te quedas de sacaborrachos. Te llevas 15 cueros de rana por turno de 12 horas y la comida.

Oferta tentadora, para quien sólo traía 4 dólares en la bolsa y quince días de malpasadas. Al aceptar, don Luis me llevó a la parte trasera de la cantina y me señaló un catre de tijera. “Es para ti. Pa que duermas aquí mientras encuentras un lugar onde vivir,” comentó. “Y ahí arriba, hay una colcha por si la necesitas,” dijo señalando un tapanco.

Me sentí orgulloso y relajado.

Al mes de estar trabajando en El Oasis, llegó el Indio. Se presentó conmigo. Dijo trabajar para una persona importante en Nuevo Laredo. Era un señor de algunos 40 años, estatura regular. Pelo lacio, largo, negro a los hombros. Botas de piel de víbora, pantalón de mezclilla y camisa a cuadros. Brazos fuertes, vientre boludo.

-Ando buscando un pelao que me ayude. Me encargaron un trabajo urgente y mis camaradas, andan en Laredo, Texas. Regresan hasta el fin de semana. ¿Crees que me puedas ayudar? El jale es de sólo media hora. 2 mil dólares, sin pedo.

“¿Dos mil dólares?,” pensé.

Minutos más tarde, estaba en la troca del Indio.

-Tu trabajo, es nomás bajarte de la camioneta y recargarte la puerta del conductor. Nomás eso.

Estacionó su troca, frente a un congal en la Zona de tolerancia –El Papagayo-, sacó su escuadra 45 y entró al negocio. Salió con dos pelaos, esposados con las manos atrás. Los hincó y les disparó en la nuca. Casi les desprendió del cuerpo la cabeza.

Me dieron ganas de vomitar.

Me lanzó la llave de la camioneta y ordenó:

-¡Maneja tú cabrón!.

Luego de tres intentos de prender el motor, lo logré.

Me temblaban las manos y las piernas.

El estómago, lo sentía desecho.

No lo voy a negar: me dieron ganas de cagar.

El Indio, sacó un cigarro. Lo encendió y me ofreció la cajetilla. Me lo fumé mecánicamente. Tosí. En mi vida, había inhalado tabaco. Se paró en un Súper y compró un seis de Tecate.

Al segundo bote, comentó:

-En este negocio, no basta estar grandote…

Puse una cara de desconcierto, que seguramente notó.

-…lo que importa es tener güevos.

-Ta güeno señor.

Fue mi primer lección.