Opinión
Estás en: Inicio > Opinión > Sororidad
Columnas: Opinión Huesped

Sororidad

/ 20 de abril, 2019 / Clara Scherer

Después de 13 años, la luz se ve al final del túnel. La justicia, lenta y trastabillante, llegó a la vida de Lydia Cacho. Inteligente, tenaz y valiente, puso una piedra en el camino de hombres despreciables. Y por el indigno “pacto de caballeros”, hasta quienes no tenían injerencia directa en tan turbio asunto, con su silencio los amparaban.
Lydia sabía de los riesgos de romper el silencio en las tan tenebrosas madrigueras. Denunciarlas y señalar la hipocresía de personas que se autoproclamaban “decentes”; de familias que ocultaban sinsabores para disfrutar ¿las mieles? de vivir con la ostentación y protección que da el ocupar posiciones de poder.
Señalar los caminos torcidos que el abuso utiliza para que los miserables se crean omnipotentes y aparezcan ante las cámaras con sonrisas satisfechas, casi relamiéndose los bigotes. Denunciar el sistema de redes entre empresarios, políticos, militares, policías y líderes religiosos que esclavizan a niñas y mujeres.
Una de las mayores y mejores fortalezas de Lydia ha sido y sigue siendo, el saber de la sororidad. Marcela Lagarde se pregunta: “¿Qué habría sido de las mujeres en el patriarcado sin el entramado de mujeres alrededor, a un lado, atrás de una, adelante, guiando el camino, aguantando juntas? ¿Qué sería de nosotras sin nuestras amigas? ¿Qué sería de las mujeres sin el amor de las mujeres?”.
La sororidad, una transgresión a las normas dictadas desde hace milenios, un atropello a la cultura caballeresca que mandata sólo confiar nuestra salvación a un hombre, sin preguntarnos siquiera de qué debemos ser salvadas. En la vida de Lydia, la sororidad fue norma heredada por la sabiduría materna. Confiar en las otras mujeres.
Aprendizaje plagado de sorpresas, donde la ingenuidad no permite avizorar múltiples conflictos. Aprendizaje no exento de dolor y decepciones. Única forma para transitar con alegría por la difícil ruta de hacer realidad los sueños e ilusiones de una mujer consciente de su entorno.
Lydia tejió redes de sororidad desde pequeña. Amigas muchas, no sólo “la única mejor amiga”, permitida. Ellas la apoyaron, no lo sé, pero lo sospecho, desde el momento que decidió levantar la voz. Lo que sí me consta, es cómo, desde que cobardemente fue detenida en el paraíso de Cancún por policías de Puebla, la red de amigas se activó.
Cecilia Loria Savignon, en paz descanse, supo desde ese momento, por estar hablando por celular con Lydia, que su vida corría peligro. No se despegó del aparato, recogido por un hombre y la fue siguiendo por esos caminos. Ese hombre, ¿amigo, enemigo? a saber, era una voz para saber sobre Lydia. Cecilia habló a otras mujeres, entre ellas, a Dulce María Sauri, quien estaba fuera del país, pero eso no fue obstáculo.
Dulce María Sauri llamó a Lucero Saldaña, entonces senadora por Puebla, para alertarla. Cecilia seguía hablando con el hombre aquel que continuaba detrás de la patrulla donde llevaban a Lydia.
Lucero salió de la Cámara y enfiló hacia Puebla. Dulce llamó a las ¿autoridades? de aquel estado, exigiendo protección a los derechos de Lydia. Algunos respondieron, otros no tomaron la llamada.
Cobardes y cómplices. Cecilia seguía pendiente. Al momento de llegar a la Procuraduría, por una puerta entraba Lucero; por otra, la patrulla con Lydia, aterrada.
Lucero, en la oficina de la entonces procuradora, exigió la libertad de Lydia. Las redes sociales de mujeres ya estaban sobre aviso. Los reclamos estaban en los medios de comunicación. Lydia quedó en libertad a las 15:00 horas, tras el pago de una fianza.
Era diciembre, mes de fiestas, celebraciones, vacaciones. Aun así, las mujeres organizadas publican manifiestos, reclamos de justicia. Lydia declara: “Creo en el papel del periodismo como linterna del mundo, como un derecho de la sociedad para saber y entender; creo que los derechos humanos no se negocian. Mientras siga viva seguiré escribiendo y con lo escrito, seguiré viviendo”.
La sororidad, pacto entre mujeres a partir de una conciencia política, compromiso para modificar la desigualdad de derechos de las mujeres en una sociedad machista, ha avanzado un trecho. Felicidades y gracias, querida, admirada Lydia.