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El mole que selló un compromiso

/ 13 de mayo, 2019 / Max Ávila

* El columnista es autor de las novelas “Erase un periodista” y “Rinconada, la historia prohibida del maestro Ricardo”, y Premio Nacional de Periodismo 2016.

Ya sabéis que el antecedente más inmediato de la Cuarta Transformación encabezada por AMLO, es el movimiento armado iniciado en 1910 cuyos anhelos de justicia social aun están pendientes.
Y todo porque los auténticos caudillos quedaron en el camino, sacrificados en aras de la ambición de quienes hasta hace muy poco, tenían a la Revolución como botín familiar y de grupos de interés.
Hablemos de dos de los más insignes héroes populares a quienes no alcanzó la vida para ver el fruto de su lucha.

Villa y Zapata se conocieron en Xochimilco el 4 de diciembre de 1914. (En el hotel Reforma por la calle Hidalgo, ahora convertido en zapatería y otros comercios). Ahí comieron mole de guajolote, tamales y frijoles negros con epazote. También brindaron, acompañados de sus más cercanos colaboradores, con diversas bebidas incluido coñac, aunque “El centauro del norte” solo bebió agua.
Había transcurrido la Convención revolucionaria de Aguascalientes que desconocería a Carranza y nombraría a Eulalio Gutiérrez Ortiz, (propuesto por la delegación villista), como nuevo presidente. Y era a éste último, a quien los caudillos garantizaban recibiera el poder, sin mayor contratiempo.

Por ello el motivo de su presencia en la capital, aunque existía la intención de conocerse “cara a cara”, considerando que ambos simbolizaban los ideales más definidos de la lucha armada, es decir, los relacionados con la tierra y la justicia social.

De Francisco I. Madero el ejemplo quedaba, en tanto Carranza se trasladaba a Veracruz desde donde planearía la confrontación con Villa, mismo que recibiera el nombramiento de Comandante Supremo del ejército convencionista.

El seis de diciembre de 1914, las fuerzas de los caudillos del norte y el sur, ingresaron con sus ejércitos a la capital. A Villa le acompañaban 50 mil hombres armados y vestidos al estilo norteño (muchos de ellos coronados con sombreros Stetson siete equis, y él por su parte, lucía su traje militar verde y su gorra e insignias que le otorgaban la respectiva jerarquía.

En tal elegancia procuraba imitarlo su compadre Tomás Urbina, un tarahumara de turbio prestigio, pero entregado a la causa que después traicionaría y por la misma razón, moriría de un balazo en la cabeza, “recetado” por el temible Rodolfo Fierro.

Zapata por su parte, portaba un traje de charro obscuro con emblemática águila en la espalda bordada en oro, al igual que su sombrero de ala ancha del mismo tono y fumaba puro, en tanto su tropa se enfundaba en su tradicional manta, huaraches de correas simples, sombreros de palma y su 30-30 bien terciada que no dejaban ni cuando invadían el Sanborn´s de Los Azulejos, en exigencia de su café mañanero.

LA INÚTIL SILLA PRESIDENCIAL
Es conocido el episodio de su visita y banquete en Palacio Nacional ese día. La negativa de Emiliano de sentarse en la silla presidencial argumentando que quienes la ocupaban “se convertían en hombres malos”. En este sentido no hay registro de que la orden de quemarla se cumpliera, al saber que era la misma utilizada por el dictador Porfirio Díaz.

Villa por el contrario, usó la tal silla, aunque en tono jocoso, señalando la inutilidad del mueble para gobernar bien: “lo que se necesita es buen corazón y sentimientos nobles”.

La foto de aquel instante donde al fondo asoma el tamaulipeco Alberto Carrera Torres y por supuesto Rodolfo Fierro quien merece no una, sino muchas especiales historias.

Dicha foto es célebre y permanece en el anecdotario costumbrista del movimiento revolucionario. Como también la visita que hiciera Villa a la tumba de Madero en el panteón francés, donde se registraron estas sus palabras: “Aquí en este lugar, juro que pelearé hasta el último día por estos ideales…que mi espada ha pertenecido y pertenecerá al pueblo de México…”.

Y ya no pudo seguir hablando, porque empezó a llorar “compulsivamente”.

Otro hecho imborrable, fue la decisión personal de Pancho de nombrar “Francisco I. Madero”, la calle Plateros, que sigue siendo la más significativa de la CDMX, con todo y que por ahí se ubica el llamado “palacio de Iturbide”, como también el templo de la Profesa donde se urdió el golpe que elevó a Agustín a rango de “emperador”. Al igual que se planeó la convocatoria para traer al príncipe extranjero llamado Maximiliano, a tierras mexicas de triste memoria para la loquita Carlota.

De la inauguración de la calle “Madero”, destaca la sentencia del Centauro del Norte en cuanto a que si alguien intentaba retirar la placa (que recién había colocado, trepado en una escalera y martillo en mano), o cambiarla de nombre, “sería fusilado”.

Por supuesto hasta la fecha nadie lo intentó, ni siquiera los neo porfiristas.

Podríamos llenar infinidad de cuartillas con historias de esta revolución inconclusa que, ahora tiene la oportunidad de concretarse en el ambiente democrático propiciado por un régimen con verdadera vocación de cambio, o de justicia social, mejor dicho.

Ya seguiremos.

SUCEDE QUE
A dos semanas “y alguito más” de las elecciones locales, no sabemos si la presencia de Yeidckol Polevnsky en Tamaulipas, haya sido beneficiosa para su partido. La opinión generalizada es que solo vino “a alborotar el gallinero”, dejando en calidad de vulnerables a sus respectivos candidatos…”si de por si”, la mayoría de ellos, siguen apostando nomás a la marca AMLO, y deje que ni el alma traen completa.

Y eso que MORENA es gobierno.

Y hasta la próxima.