28 marzo, 2025

28 marzo, 2025

Los tacos que el tren dejó huérfanos – Pata de perro

La nostalgia es un sueño que nos pellizca el alma estando despiertos. Literalmente en su raíz grecolatina nostalgia significa “el dolor de una vieja herida”. Es básicamente la memoria de algo que estruja el corazón con el simple hecho de recordarlo.

Nos permite viajar a lugares y épocas como una máquina del tiempo. Su mecanismo se echa a andar a veces con una simple palabra, una frase de papá o mamá, una canción alegre, una fotografía ‘tamaño infantil’, un golpe de viento en la cara, una mañana fría o un sol abrasador a mitad de carretera. Pero también con un abrazo, el sabor de un pastel, una taza de café, el sabor que desprende un bocado y hasta el aroma del pan recién horneado.

Una caricia de la nostalgia es un vistazo a tiempos pasados que puede tomar solo un segundo o una tarde completa pero que siempre logra extraer un suspiro y provoca cerrar los ojos, mas, al volver a abrirlos la realidad actual lo ensombrece o diluye.

Y Ciudad Victoria es un lugar plagado de pequeños micro cosmos repletos de nostalgia. Callecitas y barrios que cuentan historias añejas, propagan mitos y leyendas urbanas.

Uno de estos sitio está en la calle Amado Nervo y Belisario Domínguez justo en los prados de lo que fuera alguna vez la estación del ferrocarril.

Pero ¿Qué es lo que hace este rinconcito de la capital tamaulipeca una fuente de nostalgia?
Imagine el lector esta escena: Es el año 1970, llega el tren desde Tampico y bajan los pasajeros con una hambre atroz y la ciudad los recibe con un aromático abrazo, el bocado ideal para recargar energías antes de echarse un clavado en la burocracia para llevar a cabo tal o cual gorroso trámite que solo se puede hacer en la gran ciudad cueruda, y he aquí el lonche perfecto: los taquitos de la estación.

En efecto, este delicioso manjar listo para ser degustado ha estado ahí desde hace mas de cuatro o cinco décadas. Incontables debieron haber sido los transeúntes que los disfrutaron mientras pensaban en la jornada que les esperaba ese día, la ruta para llegar a cierta dirección de una oficina o de la novia o de la tia y al mismo tiempo devorar los modestos taquitos de picadillo, frijoles, papa o huevo.

Es imposible no imaginar el bullicio de aquellas épocas donde el ferrocarril ‘escupía’ cientos y cientos de personas cargando maletas, bolsas, morrales, gallinas y hasta cabritos que bajaron los escalones de la estación y que en línea recta fueron a degustar estos pequeños placeres enrollados y bañados en salsa.

Pero un dia las ruedas de acero no volvieron a frenar en este punto para descargar gente. La locomotora nunca mas pitó para anunciar que un nuevo ciento de almas bajarían de sus vagones. El transporte de pasajeros dejo de existir en esta ciudad.

De la noche a la mañana el paraje se volvió solitario y hasta triste, en especial para dos hermanas que tras muchos años de preparar los deliciosos taquitos se vieron repentinamente sin clientes.

Pero a pesar del negro panorama que se desplegaba ante ellas, Teresa y Octavia Bernal no se rindieron y permanecieron en el lugar trabajando dia a dia logrando sobrevivir en el noble negocio de la comida.

Hoy ambas señoras han partido ya a reunirse con el creador, pero sus descendientes continúan esta sabrosa tradición victorense.
En uno de los puestos Lety, hija de Doña Octavia y Chuy su esposo, ofrecen de manera muy amena este delicioso manjar al público en general. El Caminante se acerca a echar la platicada en un bullicioso viernes de tianguis.

Aunque son las 9 de la mañana, como Lety comenta, su jornada inicia desde la madrugada para preparar los guisos que llevan los taquitos.

A un costado se encuentra el puesto de Carmen, hija de Doña Teresa Bernal, recientemente acaecida, pero que les heredó la sazón y la disciplina a la hora de preparar y ofrecer sus taquitos. “Acaba de fallecer mi mamá, ella se llamaba Teresa Bernal a quienes los clientes llamaban la Güera, la tia o por muchos sobrenombres porque la estimaban bastante” cuenta Carmen, “capitana” de este barco y empresa familiar (en pocas palabras, “la mera mera” del puesto).

En sus tantas décadas de existencia, el menú se ha ampliado, y también se han puesto a la venta órdenes de pollo, carne a la plancha, chiles rellenos y riquísimas manitas de puerco, todos acompañados por supuesto de taquitos, papas fritas en rodajas y verdurita.

El precio del platillo es ridículamente bajo comparado con el sabor que se obtiene a cambio.

Carmen sabe que “al ojo del amo engorda el caballo” y dirige desde las primeras horas del dia hasta ya entrada la tarde este negocio que le llena de mucho orgullo.

Caminando hacia el norte hay mas puestos con los mismos manjares, algunos con clientes a reventar, otros con menos asistentes, pero lo que no se puede negar es que los victorenses de origen tienen un potente lazo sentimental con los taquitos de la Estación sin embargo también aquellos que han sido ‘adoptados’ por la capital pueden llegar a establecer una profunda conexión con su sabor.

El Caminante aprovecha para darse un buen atrancón y comprobar con su propio paladar por qué a pesar de que un dia el tren murió y dejó huérfanos a los taquitos de la estación, éstos seguirán siendo un muy típico platillo victorense que permanecerán en el gusto de los capitalinos durante muchos, muchos, muchos años mas. Demasiada pata de perro por esta semana.

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