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Gobierno de 7 a 9

/ 13 de julio, 2019 / Salvador Camarena

Cuánto le cuesta al país una hora desperdiciada por Marcelo Ebrard, secretario de Relaciones Exteriores. ¿Cientos de miles de pesos? ¿Millones de pesos? ¿Más?

Cuánto le representa en pérdidas a México el hecho de que el secretario de Agricultura sea mudo testigo de largos soliloquios presidenciales. Cuánto hemos perdido al tener al director de Pemex Octavio Romero aplastado en la mañanera sin poder aportar nada, porque su turno de exponer ya pasó pero el presidente sigue hablando. (Por otra parte, queda claro que todo el tiempo que Rocío Nahle es anulada en una silla en Palacio Nacional es en beneficio del país).

En esto de los actos oficiales de la Presidencia, pasamos del mantel verde con la severa figura de Venustiano Carranza detrás, a las austeras sillas con fondo marrón de las mañaneras.

Los actos oficiales murieron. No que muchos vayan a extrañar tan rancios formalismos, donde en un salón el presidente de la República llegaba como recién bañado, oía comedidos discursos, cerraba con una alocución más bien anodina y retórica, y listos la foto y el video que mostraban que México estaba en pie, arriba y adelante, compañeros, movamos el país, concertemos los acuerdos, cambiemos la realidad… desde las apoltronadas sillas de Los Pinos.

Ahora lo público del gobierno ocurre a lo largo de dos horas (a veces un poco más) de cada mañana de día hábil. La mañanera ha mutado de supuesta rueda de prensa a espacio para todo tipo de actos oficiales.

¿La administración hablará de su compromiso para encontrar a los desaparecidos? Que sea en la mañanera. ¿El gobierno quiere manifestarse contra la homofobia? Se dedica a eso la cita presidencial con los reporteros. ¿El Ejecutivo requiere concientizar sobre la evasión fiscal mediante el llamado outsourcing? Que madrugue el SAT.
El diálogo circular (así le llama AMLO) de las mañaneras ha ido encontrando una constante. Sí, todavía abundan los paleros que estorban, pero el gobierno de López Obrador ha instalado ya un mecanismo de comunicación política que tiene a medio país pegado a qué se dirá hoy de 7 a 9, quién estará, con qué agenda y para qué propósitos. Y ello incluye la eventualidad de que reporteros profesionales cuelen preguntas.

Pasamos, insisto, de una agenda presidencial solemne –sin prensa más que como mudos testigos la mayoría de las veces–, a una sorpresa matutina donde lo único seguro serán las largas (y repetitivas) cantaletas del mandatario.

Pero, ¿cabe el gobierno en dos horas? Porque el resto del día López Obrador recibirá en su despacho a algunos invitados (foto para el feis y el tuiter), quizá haga alguna gira a una población cercana, y párenle de contar.

Y en esas dos horas, vale la pena que secretarios como Ebrard o la secretaria de Economía Graciela Márquez soporten la letanía pejista cuando podrían estar haciendo muchas otras cosas, como ocurrió este miércoles, cuando el secretario de Relaciones Exteriores, su compañera de gabinete y el subsecretario Jesús Seade esperaron hora y 24 minutos antes de poder tomar la palabra en la mañanera. No suena al uso más óptimo del tiempo, que digamos, de tres altos funcionarios de este gobierno.

Más allá de lo anterior, que el presidente concentre en Los Pinos de 7 a 9 am la agenda de todo el gobierno podría estar dejando a buena parte de la administración sin diálogo público con otros sectores de la sociedad.

Sería una paradoja que un gobierno que ha ido desterrando el chacaleo (cazar funcionarios para arrancarles una declaración), termine por informar menos a pesar de una comparecencia diaria de dos horas.