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La tía y los hijos del maíz

/ 18 de julio, 2019 / Rigoberto Hernández Guevara

La tía Dominga, que vive en la colonia área de Pajaritos, ya no haya qué hacer con la vida que le tocó. Fue hace un año cuando se le murió su viejo – que había estado enfermo desde hacía años y desempleado en los últimos diez – que comenzó el infierno. Sin contar por las terribles desavenencias que la vida la ha dado, como si ella se las hubiera pedido.
Por ejemplo: en esa colonia hay que talonearle hasta para echarse un buche de agua. Ya no digamos darse el lujo de tomar agua de garrafón de sospechosa procedencia de a 8 varos, o juntar para echase una burra tranquilamente.
Hasta los pajaritos que habitaban esa colonia se fueron cuando se secó el agua de los baches de la última vez que llovió. Y cuando los pozos volvieron, los pájaros ya no.
La tía sale de casa, cuando sale, a escondidas de los cientos de acreedores que si la ven la agarran y no la sueltan hasta que rebuzne un burro prieto. Los domingos en cambio la tía es feliz besando las manos del cura del barrio. El cura le da consejitos y le dice que le baje de huesos, que hay que ser muy humildes y sumisos ante la voluntad del señor y humillarse, poner el otro cachete, aunque la desgracien, y así la tiene. Ella en cambio quiere cansarlo hasta que hastiado el clérigo la deje agarrarse a chingazos. Aparte aprovecha para sacar de su cuerpo todas las tentaciones, las veces que se aguantó, y en las que no; y que salgan las abrasiones llenas de pasión y apergaminados recuerdos. Recuerdos que el cura, no siendo tan güey, dio cuanta de que son puros inventos.
Para muchos hogares los hijos son una bendición: a la tía Dominga todos los hijos del maíz, diez en total, se le largaron, y como si anduvieran huyendo de ella, jamás los volvió a ver. A no ser porque son los ídolos de la nota roja, pero ella ni los ve ni los oye, y cuando aparecen en la tele, tras las hergástulas, todos descamisados con un putazo en el hocico, cierra los ojos.
La líder de la colonia ya la amenazó con que si sigue haciéndoles «ojitos» a los muchachones del bienestar de Morena, le va a quitar la despensa y se la va a dar por puro despecho a su peor enemiga. En otras palabras le dijo que no fuera pendeja, que no anduviera chaqueteando; pero la tía le reviró que eso de la chaqueteada se daba con bastante alegría en todos los partidos, lo dijo con enjundia, con otras palabras que usted comprenderá no se pueden publicar.
Pero le aclararon que ellos eran los que daban las despensas. Las vecinas le aconsejaron que agarrara las despensas y todo lo que le fueran dando pero a ella no le llegaron sino este tiempo de reclamos…y una sola despensa. Misma que acepto doblegada, mientras mordía la enagua por donde antes estuvo un delantal y más antes el agujero de una cobija. La vida es gacha.
Ya le dije a Dominga que se busque un pelao, pero con cuidado, porque ahora todos los güeyes, hijos del Cendi, que ya crecieron los inútiles, no quieren a nadie sino a una maestra del Cendi o a alguien análogo para consumar su venganza «freudiana». Y que los mantenga.
La noche para la tía Dominga es una bendición porque ya dormida se le olvida todo.el desmadre que se arma con sus vecinas. Con su alma soñadora la tía Dominga es bien feliz mientras sueña. Si despierta ya se amoló otra vez.
Así la tienen, y el árbitro que no pita el final del partido, nomás amaga, y agrega cinco minutos mientras juega el América y van empatados y Dominga se queda dormida y el triufo comoquiera no llega.
La tía Dominga, de repente al verse al espejo se pregunta otra vez, como todos los días, sin explicarse, cómo es que se hizo vieja. Ella tan joven y bella, mientras por la ventana ve «papalotear» la hélice del parque eólico y el viento en el tendedero secando la playa del América.
HASTA PRONTO