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Columnas: CRÓNICAS DEL CALLE

Nosotros los huesos

/ 18 de septiembre, 2019 / Rigoberto Hernández Guevara

La neta es que uno flaco si corre más recio, pero a veces por lo mismo cae más gacho, así como a un gordo lo recuerdan más tiempo a uno flaco lo olvidan, como que uno se desintegra más pronto. Uno delgado cabe donde quiera y si no cabe se estira hasta que cabe. De niño uno es liga, trepa y salta de donde quiera, se esconde detrás de un poste, un flaco es la propia sombra que se mira.

No podría hablar por los gordos pero si por los flacos porque es hablar de mi pellejo, ese costal vacío, un destacado alfiler con sueños. ¿Cuál flaco, el del salón, no te acuerdas de él?, no, pero si te acuerdas del gordo, que era más referente. Eramos más los flacos. Hoy es al contrario; en Ciudad Victoria los más robustos, sin que esto sea peyorativo, hasta parecen estar de moda.

Uno ve a un flaco y sabe su historia y la de su colonia, así como ve la piel renegrida, el sol pasado de tueste y la vista nublada sin lluvia. En los fondos de las calles saliendo de la primaria en la colonia un niño flaco cruza la calle siempre. Una foto es un instante que se repite si lo dejas secar al aire. Y se oscurece como fotografía de Buñuel, aparte de flaco el niño va descalzo.

Hay flacos que venden chicles en los bulevares, llevan en bicis todos los mandados, sacan una corta con la camisa abierta estibando cajas en el mercado Argüelles, arrastran diablitos, comen plátanos. Y son flacos después de una media docena de tacos.

Yo digo que fue con el tiempo que el hombre  comenzó a controlar el hambre sino es que aun no lo logra del todo. Hay raza que come como desesperado. Y es que la comida al ser tan deliciosa me imagino que batallaron en un principio para contener la ansiedad de masticar, o de plano comerse así enteros esos ricos manjares como son los frutos.
Por hambre se roba y por hambre se han hecho muy considerables pleitos. Y cuando es boda lo primero es la botana, y nunca sobra. Para muchos, comer es un deporte y le echan ganas y comen gratis y piden una bolsa para llevar. Entrenan mucho y hacen giras, recorren ciudades con tal de comer lo que vieron en una imagen.

Al fondo de todo queda la imagen, la comida se sale. Queda el sabor que con el paso del tiempo se olvida, queda la nada de una comida.

Sin embargo el hambre domina. Llega la hora y comienza a mirarse el reloj extrañamente. No se sabe por qué hasta que alguien de repente lo dice. Es la hora de comer y hacia ahí se dirigen todos los de la maquiladora. Lo han preparado todo con tiempo, comienzan a surgir las sonrisas y cuando se llenan ríen a carcajada abierta. Que no falte nada ni la salsa de tomate.

Tal vez en franca correspondencia de la naturaleza es que nacieron los más delgados, nosotros los flacos. Los más obesos nos ven pasar de lejos de vez en cuando, miran el otro extremo entre el mar y el cielo, uno lleno y el otro a punto de desintegrarse.

Porque los flacos comemos aire, eso dicen las madres. Llega la hora de comida y te hablan tres veces y ya sabes que si no vas a ninguna madre les vale, sino que vas o vas, aunque ya más tarde.

Crece uno nada más para arriba. Hay flacos como tallos que son muy altos. Talladores alcanza focos, hilos sueltos, corredores de maratones elásticos.
Un amigo lloró cuando me vio muy flaco. Y luego de intentar darme una lana para que comiera, ir por unos tacos y buscar en la alacena, se fue desconsolado. Y eso que no le mostré la parte de la pierna donde ya se me ve el hueso sin carne.
HASTA PRONTO.