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Columnas: Polvo en el camino

Tlatelolco, crimen de estado

/ 02 de octubre, 2019 / Max Ávila

* El columnista es Premio Nacional de Periodismo 2016, autor de las novelas “Erase un Periodista” y “Rinconada, la historia prohibida del maestro Ricardo” y del libro de cuentos, “Por acá dejó su alma”.
El estado mexicano está en deuda con las víctimas del movimiento estudiantil del 68. Es el tiempo para reivindicar su memoria, sin demagogia ni poses de apariencia justiciera.
Y son tantos los caídos, que no ha sido posible cuantificarlos, precisamente por la soberbia y cerrazón de un sistema que ocultó para su conveniencia, la verdad de esta historia de terror.
Es necesario por ello, que los archivos sean abiertos, pero no para consulta cerrada, sino de forma transparente, sea de fácil acceso al gran público. Que se conozcan en los centros de estudio de cualquier nivel para que niños, jóvenes y el ciudadano común, conozcan la barbarie del poder en la dimensión más increíble.
Publicar, hasta donde sea posible, los casos más representativos de esta vergonzosa etapa de violencia oficial, contra uno de los sectores más vulnerables de la sociedad.
Luis Echeverría vive y a él se atribuye el operativo que costó la vida a cientos o quizá a miles de personas, principalmente estudiantes.
Y esta pobre existencia del ex presidente ha servido para purgar, en sus casi cien años, la responsabilidad que le corresponde, aun cuando no la acepte.
De aquella generación cobarde, autoritaria y criminal, es lo único que resta, cuando hasta sus discípulos se alejaron de su sombría perversidad.
La explicación política se redujo a la lucha interna por la obtención de la candidatura presidencial de entonces, olvidando la responsabilidad moral del sistema.
¿Cómo fue posible que la ambición de poder entre Echeverría y Emilio Martínez Manautou alcanzara los más bajos instintos?.
Ello demuestra que en política los escrúpulos solo son utilizados para hacer el mal. Sea invirtiendo los valores, acomodándolos a la condición humana.
Díaz Ordaz se ganó el repudio, aunque murió pronto, tal vez por el mismo motivo, pero LEA le sobrevive en el más obscuro rincón de la inmovilidad física a donde le han de visitar solo los fantasmas de su maligna obra.
Han transcurrido cincuenta y un años y el estado mexicano tiene un pendiente que no se puede solventar con discursos ni palabras sueltas, sino con la firme y pública condena de nombres y apellidos de los responsables y el reconocimiento hacia aquellos que mediante su sacrificio, construyeron la nueva nación que hoy se alza ante la expectativa de verdadero desarrollo social con democracia.

ES TIEMPO DE AMLO
Es probable que este 2 de octubre AMLO haga algún pronunciamiento al respecto. Le corresponde hacerlo con la claridad necesaria para que las nuevas generaciones entiendan que el Movimiento Estudiantil no fue simple llamarada producto del ímpetu juvenil, sino la confrontación con el autoritarismo oficial siempre dispuesto a utilizar la violencia para justificar los excesos.
Y aunque el pliego de peticiones (que no de exigencias), fue simple y en algunos aspectos hasta ingenuo, en el transcurso del Movimiento siempre imperó el espíritu de trascender hasta alcanzar el entendimiento entre iguales con el supremo gobierno.
El documento solicitaba la renuncia de algunos jefes policiacos, sobresaliendo apenas, la derogación los artículos 145 y 145 bis, de la constitución, relativos al delito de disolución social.
Pero Díaz Ordaz lo vio diferente. Primero cayó en la trampa del gobierno gringo que lo calificó de intromisión comunista, y después escuchando a Echeverría que perversamente culpaba al secretario de la presidencia, como instigador de sus propios intereses hacia la sucesión presidencial, cobijado por algunos prestigiados intelectuales.
Imperó la opción violenta que aun lamenta la república. Por ello resulta necesario que el gobierno reconozca que la masacre del 2 de octubre fue un crimen de estado.
Es la mejor ocasión.
Cierto es que la generación del 68 también va muriendo, pero no olvida que fue mutilada cuando apenas empezaba a vivir y a soñar con el mejor país de que hablaban sus ancestros.
El mismo que los jóvenes deseaban cambiar mediante la preparación y el estudio. No concibieron que sus ideales fueran truncados por una bala asesina.
En cuanto a las manifestaciones por la fecha, ya sabemos que perdieron el objetivo sustancial, para enfocarse hacia intereses que poco tienen que ver con la moral de la juventud y la sociedad de entonces.
Por ello no será raro que la violencia combatida por la generación del 68, de nuevo aparezca como provocación promovida por los mismos que aplaudieron la masacre del 2 de octubre, es decir, por los conservadores y traidores de siempre.
SUCEDE QUE
En realidad en el 2021 habrá elecciones en trece estados. Se presume que MORENA podría triunfar en diez de ellos (“La Razón” CDMX), y ratificar su mayoría en la cámara de diputados.
A nivel local, se anuncia el cierre del reclusorio de la capital del estado. De suceder, ojalá y a algún “cerebro” se le ocurra utilizarlo como el museo donde se reúna “el pedacerío” que rueda por ahí, despreciado por las autoridades del ramo.
Digo, si es que la cultura merece respeto.
Y hasta la próxima.