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Columnas: Crónicas de la calle

Las casas no existen y otras casas

/ 15 de febrero, 2020 / Rigoberto Hernández Guevara

Qué harían si de pronto les dijera que vi una casa y yo y ustedes, unos cuantos, estuviésemos frente a frente en el momento en que dijera eso.

A poco me preguntarían ustedes, casi en coro-como si lo hubieran ensayado desde un día antes-: «no nos digas eso, a poco viste una casa. No hemos vivido toda una vida en la calle como para que vengas tú con que las casas existen». Yo sabría en ese momento si se están burlando de mí, o  en serio, realmente nunca en su vida habrían visto una casa. Se ven medio chavos.

Además, una cosa es decir que vi una casa y otra cosa es que realmente la haya visto. Decir que la vi no es un delito. Pero yo la vi de cierto, a un lado del solar baldío donde antes hubo una esquina y se tendía la ropa de una señora desconocida. Por las mañanas olía a comida y por la noche  se apagaban las luces cada que quisieron dormir. Una vez quise asustarlas.

Yo les diría, ya en serio, vi una casa y se los diría con la certeza de quién realmente la vio, porque la vi. Es decir, una de esas casas que tienen techo, paredes y adentro la gente duerme, come y se protege de las inclemencias del tiempo. No la soñé, es en serio que se los digo.

Y es todo lo que tengo que decir. Las casas no existen, y ya seguramente todos habrán leído en libros de texto el motivo por el cual las casas dejaron de ser parte de este mundo.

Y sin embargo yo vi una casa no muy grande. Y cuando dije «no muy grande», los más chicos, que estaban ahí, trataron de imaginarse la proporción. Ignoraban el tamaño real de las casas y sólo tenían la idea de una casita de juguete que habían encontrado por ahí y en la espuma de algún recuerdo, que hoy en día era la pieza magnífica que circulaba por los museos.

Una casa debe ser como 10 cuerpos de nosotros escondidos como en un agujero, pero con techo de lámina acanalada o de asbesto. Trataré de explicar: Un agujero puede ser casa cuando no se tiene otra más que dormir y andar por el día esperando que oscurezca con el pie en un calcetín.

Había quienes esperaban que yo explicara, describiera la fachada de la casa que había visto. Cuando menos dijera si era grande o chica, de qué color, si había un árbol en frente, si antes de esa hubo otra, si el dueño usó una bicicleta, sí andaba a pata.

Alguien, entre los presentes, dijo con ingenuidad que en la antigüedad había muchas casas. Lo cual motivó que el resto lo mirara con desconfianza. Los más chiquillos no creyeron nada, se rieron por dentro. Y se preguntaban: A quién se le ocurrió pensar que antes había habido siquiera una casa.

Y aclaré: no fue un alucine, porque cuando vi la casa pude acercarme a través de la banqueta y entrar por el jardín y al ver una puerta abierta entré. No era la única puerta. En la parte de atrás había una puerta que daba al jardín por donde pasaba el camión de basura. Usted ya sabe, una casa tipo americana. Nunca pensé que una casa pudiera tener tantas cosas desde que uno llega, por ejemplo un perro que ladra.

Al escucharme hubo quienes trataron de disuadirme. Me insistieron en que no dijera nada. Que era lo mejor para mí.

En las primarias se leen libros de texto con la leyenda «La intemperie es nuestra casa». Es un derecho de todos, la comida está al alcance de la mano en el capítulo 2. Y toda la Constitución estaba plagada de flores y estrategias para ser buenas personas. Trataba de esas personas que guardaban la ropa, que escondían los zapatos en una caja, que no creían en los fantasmas. Que se cambiaban la ropa en los tendederos, que colgaban de una viga. Que en la sombra de la casa se sentaban por las tardes. Eran casas altas, chicas, medianas. Casas solas, casas múltiples multifamiliares, como el FOVISSSTE.

Qué pensarían si les dijera que de pronto vi una casa? Aunque no he visto ninguna. Dicen que cabían dos personas y luego muchas. Creo que se encendía una hoguera cuando hacía frío y se alimentaban las personas. Adentro, sin que nadie los viera, hacían el amor escrupuloso, abajo de la enredadera  de una sábana pulcra y ligera como espuma.

Al decir que vi la casa, las preguntas continúan sucediéndose de una por una, y yo las contesto todas como si en realidad la estuviera viendo. Ni modo que me pidan que les muestre una. Ustedes que son fantasmas como yo saben  que las casas no existen. Y que cuando se vive a la intemperie, no hay nadie que se espante de eso.

HASTA PRONTO