Casa sin cochera: para qué chingados. En vez de eso un techo donde alguien se sienta por las tardes. Hay allí mismo un sillón de palma que fue de la tía abuela y de las brujas, lechuzas viendo por ahí la noche.
Casa verde, ya hace años pintada, con entonaciones rosas y tiranos tornasoles por la tarde. Le han dado muchas manos de colores por la tarde, pero este color persiste, es el más antiguo, como de 1951 cuando la hicieron y pasaron los años corriendo por la calle entre la gente.
Me parece que hay una parte descascarada justo ahí donde se saca un clavo con otro, y decían que no se sacaba, antes sostenía una lámina de cocacola, después destapador de cheves. Esta casa fue tienda en algún lugar del tiempo, entrada y salida de chiquillos bribones que se hicieron viejos, leyendas del barrio.
La cosa funciona más o menos así: llegas y tocas. No hay manera de que te vean desde adentro, así que tocas fuerte y el propietario sale, o quien sea.
Desde adentro hay lugares por donde se ve hacia afuera al respetable público. Un apartado en la cortina se originó para ver la llegada del cobrador, para ver pasar a la vecina, a los carros y a una que otra bronca que pasaron. Atascadas motocicletas que llevan un mensaje, a un sujeto regordete que va a medios chiles que va pensando con su peor es nadie.
En el patio de atrás, si te quedas dormido, un poco antes de eso, se enciende la primera estrella junto a un milenario mezquite. Y debajo de todo eso la casa tiene vista al horizonte donde se ve la telenovela con el último grito de la moda en medio de cables enredados que alguna vez provocaron un devastador incendio.
Es una casa verde, pero adentro tiene el hermoso color toda despintado. Hace mucho se cocina el arroz del mediodía que se hizo añicos, grandes muchachos prietos, tíos que fallecieron, abuelos descomunales y carnales de quienes nada se sabe.
La cama tiene un block en la pata trasera que la sostiene estoicamente. Se hace el amor sobre de ella. Esta casa es sobre todo cogedera de sombras, de espasmos que van y vienen tras la noche, locura de lobos sobre las calles y que al final regresan a donde se fueron sin nada. No más las deudas, el remordimiento. Los vecinos dicen entre burlas y veras que los propietarios ladran para ahorrarse el perro.
Las mujeres deben recordar que esa casa fue primero lona que se paró sobre un mástil erguido. Luego una enramada que aguantó dos años, antes de ser sustituida por la casa de palos.
Pesa más la memoria de una despedida para siempre, cinco perros con santo y seña que fueron enterrados en el sendero del patio, y las amantes furtivas que entraron de vez en cuando y se quedaron para siempre.
Desesperada, la casa que da al frente perdió la puerta que se asomaba a la calle. La gente es curiosa. Los chiquillos, dirigidos por un revoltoso, se han atrevido a meterse.
Casa con lo necesario, si contamos las largas ausencias, los cansados pasos, las risas de un verano, la familia completa, el borde de la calle, la tienda de la esquina, la carnicería, el perro negro, el sol propietario de afuera, las paredes, dos cuerpos, una chimenea, el sartén por el mango, medio kilo de tortillas. Nada falta, por cierto.
HASTA PRONTO.
POR RIGOBERTO HERNÁNDEZ GUEVARA




