19 enero, 2026

19 enero, 2026

El café de todas las tardes

CRÓNICAS DE LA CALLE / RIGOBERTO HERNÁNDEZ GUEVARA

Ella veía la taza de café, más bien la leía a cada sorbo. La taza radical se vaciaba constantemente en la búsqueda infalible de los nombres en su contenido memorioso e instantáneo. Ella supo lo que el asiento del café les dijo y ella no podría ocultarlo, no por mucho tiempo.
Ella bebía un sorbo y veía hasta el fondo como quien mira adentro de si mismo y al infinito, al todo con la nada.
La tibia taza contenía ya un no sé qué de aquellos labios besados muchas veces. Las manos limpias se movían en los bordes, en el suave contorno de la loza trabajada por un artesano local.
Ella de verdad bebía café mientras veía pasar los recuerdos y la feroz realidad en los rostros de las personas.
Había leído el café muchas veces pero ninguna como esta vez.
Se asomó al fondo de nuevo, anduvo entre los grumos de los asientos y lo confirmó.
El líquido vital fluye en oloroso vapor diseminando el tiempo con el tiempo de todos. Profético, un destello de luz cruje en las paredes, en el corazón de la gramática palabra dicha justo en el momento de sus labios.
Ella no miente ahora, le habla al silencio solamente. El espera ahora que ella diga algo, lo que de fuere que sea.
El hombre a su lado sonríe un poco y luego calla como si un misterio le hubiera sido revelado.
Ella sabrá qué hacer con el futuro puesto así en esa tarde. No era una pandemia ni anunciaba el final de dos jugando billar. La noticia era esa tarde mirándola sonreír finalmente.
El café, que como todo termina, tiene ahora la oscuridad de la noche. Parece un lunar rotundo en plena cara de la postrimería El la sujetó por el brazo y la levantó de su asiento suave y ella aceptó que en el acto la cita apenas comenzara. Ella entonces confesó algo no apto para ser escuchado entre nosotros.
Ella le habla al oído y el finge saber lo que no es cierto. Pero eran mucho más que palabras.
En medio de la soledad que es el misterio los rostros vuelven a ser niños y salen a la calle a mojarse bajo la lluvia sin apresurarse.
El la cubre con su brazo impermeable, un abrazo contundente casi alevoso y al mismo tiempo suave. Ella lo sintió, y por demás está decirlo, como un acto de amor limpio y sereno.
Era de tarde y oscureció. Podían pasar por un hostal y quedarse. Aunque eso no lo hubiera escrito el café o una bruja se lo hubiera gritado.
Era de tarde en la vida misma y ella podía darse ese lujo de leer el café sin temores y adivinar el pensamiento de él, los gustos puntuales como conocerse cada tarde y abrazar por primera vez luego de muchas horas nalga sentados en la silla giratoria de la burocracia.
Ella sabía que aquella tarde no era como otras, sabía de la felicidad escondida, sin leer el café lo sabía, pero lo leía para leer el silencio de ambos al estar con él.
El café, espumoso como siempre, pudo ver cómo ella lo tomó de la mano y volvió a ver los ojos de siempre después de un café.
Por eso ella ahora lo tomó del brazo delgado y lo mantuvo así ya caminando por la calle lloviznando de nuevo, antes de entrar al hostal.
Y recordar lo que ella leyó en el café, o quien sabe.
Tal vez ambos supieron desde mucho antes que serían el uno para el otro con todas sus tardes.
HASTA PRONTO.

POR RIGOBERTO HERNÁNDEZ GUEVARA

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