Amis noventa años no puedo sino creer en lo que veo y lo que me cuentan. Todo es cierto, si no lo fuese yo no existiera, ni otro igual que yo me estuviera dictando.
Mi cerebro celebra los días que fueron y el viejo recuerdo topa con la existencia que pasa lista de presente. Celebra los días propios y los de otros confundidos en la misma tarima desde donde miran, en la trama inventada por el pensamiento. A esta edad ya no hay edad sino que se han juntado todos los días, y la edad es un olor húmedo, naftalina, retrete de tiempo ido.
Con todo leo los símbolos que no palabras, atiendo a la intuición más que a la experiencia propia y errónea. Soy un viejo al otro lado. Y de este lado el viejo que soy me escucha cantar en el baño: despacio, como un secreto, como un opus adentro de un cuarto.
Aún así conservo años en el viejo ropero. La trampa es meter la mano y sacar el conejo aún con vida pero terco y loco. Habrá sudaderas deshilachadas y risas como murmullos, como palabras heridas por los meses perseguidos y los años que corrieron a refugiarse en su pasado. En los cajones aún existe memoria de las manos llanas, lisas, y el espejo vio lo que nadie más ha visto en mis ojos.
Por las arrugas viaja al sur la suave melancolía de mi estuario. Al fondo hay peces de colores que lidian con los bagres y otros peces oscuros del barrio. Esa es mi cara antes de la ventana brincada por las primaveras. Por mis poros salen voces del pasado, un silencio largo rinde culto al transpirar ahora lento, al frío colado en el viento.
Este es mi tiempo en la esquina. Voy resbalando ligero y sin prisas. Solo bebo un poco de agua después de una nube de lágrimas y deshago el nudo de la corbata y aflojo la garganta. Duermo poco, es hora de aprovechar cada valioso segundo.
Puedo recordar a mis mujeres tristes. La barda donde leí por primera vez unos ojos negros. Aún está la casa de madera de enfrente y la sonrisa de la vecina aún se escucha. Eso tiene uno de viejo, que se mueve en el hilo memorioso y de las propias e increíbles mentiras. En eso el niño que no se ha ido sale de mi cuerpo y comienza el juego.
No sabría mi edad si no fuese por ese documento cada vez más funesto que perfora el tiempo como una polilla multiplicada a la máxima potencia. Veo cómo seca el enebro en el frasco de veneno y bebo un trago.
Antes – pues muchas cosas son antes- solía contar los kilómetros de este viaje con todos a bordo, hoy tranquilamente cuento los pasos de aquí al baño y vuelvo, no sé cuántos fueron.
No importa ahora. Antes presumía esa rapidez para ir y venir a ninguna parte.
En cada rincón de la casa que es el cuerpo tengo escondidos objetos que nadie buscó. Los he encontrado de nuevo, los escribo y los vuelvo canciones que tarareo para un púbico sordo.
Si alguien escucha, que vaya y ponga la queja cuando sea grande, por hoy estoy en el recuerdo, creo estar para nadie esta tarde.
El sol es más callado cuando se mete luego de una guerra, hay la sensación ingrata e incierta de una derrota. Entonces entre la gloria los dedos hojean libros, esculpen adagios, escarban paredes, son niños traviesos, arañas sumergidas en el silogismo de sus nidos.
Con noventa años son muchos los sueños soñados que sólo fueron eso. No se cumplieron. No tendrían por qué hacerlo. Aunque pudieran cumplirse quién dijo que no se podía, y así me la llevo tranquilo.
HASTA PRONTO.
POR RIGOBERTO HERNÁNDEZ GUEVARA




