13 enero, 2026

13 enero, 2026

Blues de un viaje a Marruecos 

CRÓNICAS DE LA CALLE / RIGOBERTO HERNÁNDEZ GUEVARA

Espero que llegue la luz para escribir una carta a nadie. Una carta a la carta. Una carta a la casa sin casa y sin cartera, sin tapa, sin gatos, con muchas goteras para bañarme por si lloviera en Marruecos. 

He de estar escondido como para no darme cuenta que no he salido de abajo de la cama, con mi verdadero rostro tallado en bronce, de barro y estiércol del barrio. He de estar vivo y no me lo dijeron pronto. Bebo despacio la otra mitad del vino que no embriaga, bebo las únicas uvas de la mañana.

Afuera hay depósitos de esperanza que no habíamos visto. La pequeña ciudad de los precipicios, los sueños de otros contados por ellos en una banca de la plaza. 

Anda la señora muy de prisa cuyo pensamiento adivino antes de que camine una cuadra y se haga vieja sin mis palabras escritas.

Abajo, en la madera donde ahora luce orgullosa para ser usada, en lo que parece un día de fiesta para dos, luce radiante la botella incomprendida a decir de ella misma.

He vivido la mitad en esta soledad, la otra mitad es la que sobra en una botella semi vacía sobre la mesa de estar y no estar. Sin embargo estoy. Soy el sorbo apurado hace un momento. 

Desde aquí el vidrio refleja en su panza el claro lado de la tarde y dos árboles verdes oscurecen en la botella oscura de este encierro voluntario.

En la marquesina donde está colocada ahora la ausencia, está el vacío nostálgico de muchos años empolvados en olvido de sabio alcanfor. De abrazadora grenetina y nostálgico alquitran en los ceniceros. 

Escucho ruidos muy bajos decibeles, si me apuro, el viento del abanico me podría traer una canción de una lejana estación de radio. Escucho los versos reiterados de las aves. Canto en voz baja para que me escuche el silencio.

Es tiempo adentro de las pulsaciones por minuto que cuento. Aprendo a contener el brote de la respiración que sostengo para asegurar mi dominio sobre el cuerpo. 

Estoy solo, nadie podría notar si fallo. Y no lo hago, nunca lo haría. Si comienzo a tener sed o hambre. Si comienzo a tocer que no es el caso, los vecinos podrían alarmarse. Ellos, tan formales.

Hay perros ajenos en la cuadra, casi en el patio. Dejaré que busquen lo que no tengo. Olerán mi cuerpo innecesario, involuntario a esta hora despiadada.

Hace rato cortaron la luz para arreglarla y no estaba descompuesta. En la penumbra preparo mi café cargado de sueños que se conservan para temporadas de fiesta. Rio al espejo y no soy yo, me niego rotundamente a ser ese ser desnudo, cronopio, sin fama en las paredes que digan su nombre de falso cantante. No me reconozco en esa sombra que queda.

Escribo que escribo y es todo lo que hago. Hace tiempo abandoné las ganas de comer y la botella es lo último que queda de una noche larga. 

Amo todo eso y lo que está adentro. Amo esta soledad que me compra muy caro dese hace tiempo y este sueño amo por que corrobora mi condición humana de hombre solo y acompañado.

Sujeto a mi, el tiempo es una vitrina donde caben los minutos que lavo. El futuro tan cerca es el espacio que le hago antes de la voz, del pensamiento, el futuro invierte el presente y me habla sin cuidado. 

Estoy curado de miedo. Escucho atentamente un llamado de la tarde, a ver el sol cuando se esconde y cómo viaja al otro extremo del mundo, como si huyera de todos y nos fuésemos juntos a Marruecos. Qué va a saber uno. 

HASTA PRONTO

Por Rigoberto Hernández Guevara

Facebook
Twitter
WhatsApp

DESTACADAS