Tamaulipas es muy diferente al de hace casi 15 años cuando estalló la peor ola de violencia de su historia moderna, tras el rompimiento entre dos poderosos grupos criminales. La ciudadanía del 2023 no es la misma que la de aquel funesto periodo comprendido entre el 2009 y el 2010.
Hoy, aún faltan elementos para dimensionar en su justa magnitud los hechos de los últimos días.
Cambiaron las instituciones desde luego, las estrategias, pero también el contexto social, la comprensión del fenómeno violento que arrasó al país entero tras la guerra calderonista.
Las consecuencias de lo que parece una disputa territorial entre bandas criminales aún están por verse, pero el saldo formal hasta este momento es claro: no se han reportado bajas de civiles ajenos a los hechos y eso es ganancia.
Frente a la dolorosa percepción de que en Tamaulipas en el fondo nada cambia, y nuestra cruz es arrastrar los mismos males por los siglos de los siglos, se opone otra manera de visualizar nuestra realidad, una más esperanzadora.
El fin de semana presenciamos un despliegue cronometrado, producido y planeado como estrategia de propaganda.
Mientras las caravanas de camionetas del crimen avanzaban por las carreteras del Valle de San Fernando, las imágenes se reproducían prácticamente en tiempo real en las redes sociales.
Para el mediodía del 30 de abril, los habituales canales de comunicación del crimen organizado estaban plagados de mensajes y advertencias contra sus oponentes.
La oposición política -faltaba más- se subió a la ola y buscaron instalar la narrativa de un estado en llamas.
Lo que maquillaron como advertencias para que la ciudadanía se resguardara en sus casas, en el fondo era una celebración nefasta, por la creencia de que esta escalada violenta les permitiría avanzar en el tablero electoral.
El tiempo dirá si tenían algo de razón en su cálculo político.
Pero ese día, a las 14:00 horas, la Secretaría de Seguridad Pública hizo circular el primer comunicado oficial con una relatoría de lo que había ocurrido esa mañana.
No escatimaron en detalles, dieron a conocer los ataques a las fuerzas estatales y federales, y la presencia del aparatoso desfile de camionetas blindadas.
Nadie salió a negar los hechos, sino a dimensionarlos, y la buena noticia es que los misiles de propaganda no dieron en el blanco.
La ciudadanía, mucho más informada que hace una década, no cayó en la psicosis de otros años.
Quienes hoy encabezan y delinean la estrategia de comunicación social del Gobierno Estatal provienen de las trincheras de las redacciones periodísticas y vivieron en primera fila los horrores de la violencia criminal, y el daño que causaron los fallidos intentos por silenciar lo que ocurría.
La violencia, sobra decirlo, ahí está y hay momentos como el actual en que recobra trascendencia.
Desde hace muchos años forma parte del paisaje social de Tamaulipas.
Y el tema es tan delicado y tan doloroso que no admite inexactitudes ni sensacionalismos.
La precisión es la mejor herramienta de los informadores.
POR MIGUEL DOMÍNGUEZ FLORES




