8 febrero, 2026

8 febrero, 2026

Las décadas durante el desayuno 

CRÓNICAS DE LA CALLE / RIGOBERTO HERNÁNDEZ GUEVARA 

Me sucede un vacío lleno, sé cómo decir, cómo levantar la frente antes de echarme un sueño. Óyeme desde un aguacero ausente, desde la locura de los que corren a ninguna parte. Con un sonido extraño que nunca se repita, desde la canción tarareada en una casa, seré feliz. Óyeme. 

Poco a poco se adelgaza el aire, se hace pálido el esqueleto del cuerpo; en las ventanas donde se filtra el sol, también pasa el olvido, hay recuerdos pulverizados en las esquinas, hay recuerdos traídos de otros lados.

Beso el suelo descalzo, veo mi garabato, caigo enterrado en las raíces de alambre. Abajo en el subsuelo la lucha de las hormigas es constante. Recorro los párpados con mis dedos podridos.

Una serie de factores pasa en décadas durante el desayuno mientras el peso se revalora. El día sigue siendo la mención honorífica de quienes están metidos en un agujero. Yo he salido al sol.

Dejo pasar el aire a los pulmones y alguien dice relajate, ríndete, y yo me rindo para ver de nuevo el paisaje que me trajo. Es un eclipse, mis manos cubren la totalidad de mis bolsillos rotos. Si sigo así pronto seré rico. 

En alguna parte se estrechan las calles y se revierten de nuevo, qué oleaje de espumas, qué cercanía de puerto. Una noche tras otra y un día tras otro persiguen una libélula.

Mañana es un buen día para hojear las reservas del petróleo, para surcar una página en blanco, un nido de árboles. Voy a descifrar los enigmas de un estuario. En los anagramas se ha roto la espera.

Mañana hay que ir contantemente a ver dónde se quiebra un vidrio. Dónde se cercena la garganta. A qué fondo han llegado. Esperaré la nube que trae agua y el silencio respetuoso de entre los carros. 

Este es el espacio inquebrantable del aire. Pronto alguien respira, el viento se hace pira, quema estas tempestades. Voy oliendo, olléndome decir, la tarde es redonda y tiene que dar vuelta al terminar su ruta. 

La noche es fresca todavía como un beso, por la mañana se escurre en silencio por debajo de la mesa, por debajo de la puerta encuentro un poco de ternura en los ferrocarriles. 

En alguna parte hay música, todos han venido a verme. Estoy muerto por primera vez. No sé si despierte en alguna parte a ver la chica de labios pintados que me mira.

Me la paso bien calibrando el espacio, la noticia es esta presencia inevitable, el estado de objetos que me envuelven, el camino largo por donde circula un camión de volteo. 

Óyeme en la cultura sin perderte en las sombras, sin hablar, por decir algo que realmente exista, desde esta fantasía hazme fantasma, házmelo saber antes del mediodía. 

Pero la mañana sigue siendo terca, me arrebata las manos, los pies, las rodillas, las piernas, va dejando un poco de premura. Mi cuerpo aun me sostiene, aún tiene alas. Observo cómo crece, se desenvuelve, se ata los zapatos increíbles  mercados, se hace, se tuerce y se reprime la vida.

Soy ese que me mira, el que te mira. En alguna parte, en ésta misma. Veo el tránsito de todos rodeándome.

Hay asomados unos atrás de otros, crucificados, callados, vienen de una larga procesión de frases, de un distinto destino, hicieron un alto, quieren marcharse, vinieron a verme pero no hay nadie.

En alguna parte me espero. Me adivino y crezco mientras me miro por atrás del hombro, para saber que puedo crecer y ser más fuerte por mí mismo, que puedo valerme de las palabras de todos.

En alguna parte estoy y no he llegado, me busco en las bolsas de los pantalones, me voy caminando por las costuras, por mis propias comisuras, me caigo, camino despacio a la salida y antes de salir, salgo… y me veo llegar de nuevo.

HASTA PRONTO 

POR RIGOBERTO HERNÁNDEZ GUEVARA 

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