11 enero, 2026

11 enero, 2026

Si les parece, un café

CRÓNICAS DE LA CALLE / RIGOBERTO HERNÁNDEZ GUEVARA

Siempre estamos a la orilla de un café. Si les parece, un café. Al fondo una cafetera espera el uso indiscriminado con manos procedentes de todas partes. El respetable público no podrá negar que se levanta con la sugestiva idea de un café. El olor del café es un instante, es también un pasado con alas recíprocas en la luminosidad, en lo etéreo y eterno.

Auriga del viento, el aroma del café conduce una nube pequeña tras una embarcación fantasma en el océano, que le persigue al mismo tiempo.

En las multitudes ruidosas, atrás de la puerta misteriosa el café delata los rincones, los oscuros callejones de la memoria. El aroma ata los tiempos. En la planicie el café es un páramo, un cactus efímero, una vocación de silencio en medio del ruido.

Por si deseas salir a conversar el café es la mesa, la taza risueña, el pez que cruza enfrente de los bebedores, que entonces voz ya construida en metal, se vuelve charla de trashumante.

De aquí al café que tomo con las manos hay el deseo, las locas ganas. El ansiado momento llegado con anticipación, el sorbo, y luego la sonrisa que, por así decirlo, es nuestra. Es el café una calle del alma, por ahí pasa, a un costado de las casas.

El café filtra los objetos que van llegando, las nuevas formas, la última ocurrencia sobre una servilleta, o quizás solo ha sido el confesionario mudo del silencio.

La voluntad de los bebedores es llevada hasta sus últimas consecuencias y el sentenciado sólo pide café con leche y dos de azúcar en medio de la noche.

Adyacente, la vida del café seca su humo en el rostro de la gente, espolvorea la humedad cantante.

La noche es café negó, resucitación de muertos caídos en la venganza, en el destierro de la patria honesta y pluvial.

Un día salieron todos a buscarlo en el grano, por dentro de las manos, encima de una camisa de sueño, en la nube gris, en la tarde podrida al fondo, sumiéndose en un sorbo.

La habitación del café es un pequeño restaurante atestado de gente. Los parroquianos concurren a platicar de cosas triviales para dejar pasar el tiempo. Y el tiempo pasa.

Afuera la guerra continúa en lo que hay que cambiar: unos tubos, los cables hacen corto, y no ayuda el aprendiz, el sabio que solo observa las cosas.
La taza de café se difumina en una toma aérea por el vapor. En su lugar el vapor aporta creatividad y carácter de nube, de algodón disuelto. La taza se vuelve mujer.

La historia es muy importante. A los costados de la taza de café están los escuchas y su instrumental de audiencia. Las historias van y vienen y el ruido escurre alrededor de las palabras. Sería pesado entrar a la vida de cada uno a conocer sus tragedias mientras bailan atrás de su casa.

Vale la pena ver el momento exacto en que la mano se ase al aza y sin esfuerzo levanta la taza a media altura. La mide un poco, la acerca a los labios y en su trémulo instante de víctima la taza se inclina indecente y se entrega. Los dedos entonces sueltan su soberbia taza, la dejan reposar sobre la mesa y la mano busca otras cosas que hacer en la vida.

El tiempo de café dilata el tiempo de vivir. El agua proviene de lejos y luego estalla en soberanas tinajas hirviendo entre artilugios de una industria floreciente y cautiva. El café es un trago lento de palabras, un contenedor de misterios nocturnos y alados.

Después de varios minutos que en la vida real fueron horas en alguna parte del planeta se retira lentamente el día con su fábula humeante. ¿Qué puede ocurrir para satisfacer esa curiosidad que llena mientras tanto la tarde.

HASTA PRONTO

POR RIGOBERTO HERNÁNDEZ GUEVARA

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