25 mayo, 2026

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La Adalberto J. Argüelles en los años 60s

CRÓNICAS DE LA CALLE / RIGOBERTO HERNÁNDEZ GUEVARA
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Eran los sesentas en la escuela Primaria Adalberto J Argüelles, ubicada en el 18 Berriozábal de ciudad Victoria. La ciudad vivía su juventud de todas las maneras. El Director Raúl Peña Rodríguez esperaba en el vestíbulo a los maestros que en su mayoría usaban transporte público y los alumnos que llegaban algunos descalzos, solos cargando un grueso de libros en una bolsa de nailon y los menos un mochila de cuero grueso. Yo había soñado esa mochila muchas veces, luego me di cuenta que todos la soñabamos. 

Roberto Chiprut era uno de esos con aquella mochila que soportaba las inclemencias del tiempo y los mochilazos, pero correspondía a sus padres con buenas calificaciones. Nosotros andábamos por el promedio más bajo. 

Víctor, cuyo apellido no logro recordar portaba un maletin negro como de licenciado y se respetaba, era el de más alto promedio, nunca supe que sacara un nueve, sino, ignoro que hubiera pasado.

La primaria ya contaba con el edificio del sur de dos plantas. Pero era mejor estar en los salones antiguos donde espantaban. Ahí estaban la maestra Chelito, el profe Antonio Sandoval Bocanegra, la maestra Socorro que tenía un problema de la columna, el profesor Óscar, y un profe que fue interino y que nos llevó de excursión a «La Peñita». Los maestros nos daban clases dos años seguidos y luego nos estregaban al siguiente.

Tiempos en que lo que ocurría entre nosotros en el recreo ahí se quedaba o resurgía más amablemente años después en la prepa, ya viejos. La escuela no era mixta, sólo para varones, lo cual nos dio una formación distinta. 

Valenzuela era el que corría más recio en el patio que antes del recreo regaba Don «Chicho» el conserje, con una gran manguera, antes de que aquello se convirtiese en una espesa nube de tierra como quiera.

En el centro había un asta bandera cuya base era una pequeña pirámide de piedra. Ojalá que aún se conserve, como la nostalgia. El Foro de graduaciones y campo de fútbol, batallas campales emulando al Santo contra las momias daba a un vecindario que salía a la calle 19. En ese vecindario viví un tiempo y mi tía Remigia, madre del escritor Eduardo Villegas, se asomaba por la barda para arrojarme una naranja o un pedazo de caña.

Para el recreo llevaba 20 centavos obtenidos de la ventana de nopales en cubeta por la calle 20. Me alcanzaba para una naranja con chile, seis cuadros de galletas saladas con salsa Búfalo y un chicle con calcomania de Batman.

Aquellos Mesa bancos de gruesa madera era de dos plazas y ambos manejábamos sin querer aquel autobús del futuro. Sin celulares, sin artilugios para los juegos, que no fuesen nuestras habilidades y las ocurrencias.

Por largo tiempo me senté con Edgar Yépez Ibarra, también con Valencia que ya atendía junto a su hermano una tlapalería ubicada por el 19 frente al estadio, donde ya existían las canchas de Basquet.

Otros compañeros eran Miguel Ángel Pizano, Uresti, Sergio Sandoval que se hizo labiratorista, Cano, Oswaldo Diez Cuan, declamador extraordinario, Atilano Rodríguez que por años tuvo una pollería en el 24 Olivia Ramírez, Medellín, Catache que era el más grande pues, igual que en la secundaria, no se discriminaba por la edad.

A muchos compañeros los volví a ver, los saludé, los abracé, incluso trabajé con algunos de ellos. El tiempo hizo como siempre un espacio en su cartera para guardar esta memoria ahora inquebrantable. 

Las anécdotas tienen que ver con chiquillos de aquel entonces en una ciudad todavía chica, las «Julias» amarillas pasaban por la escuela y después por la Estación, la última avenida pavimentada que daba al norte era la de Carrera Torres; y un compañero de nosotros quería jugar con el equipo de Segunda División «Los Cuerudos». Y años después lo consiguió.

HASTA PRONTO 

POR RIGOBERTO HERNÁNDEZ GUEVARA

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