CIUDAD VICTORIA, TAMAULIPAS.- La tragedia ha golpeado dos veces en menos de diez días. Dos jóvenes motociclistas fueron brutalmente atropellados por un auto fantasma que huyó del lugar sin siquiera mirar atrás. Dos familias destrozadas, dos vidas truncadas y un solo grito de justicia: que los responsables paguen por lo que ha hecho.
«Soy hermana del fallecido, ¿qué se sabe? Que el maldito del carro huyó como un cobarde dejando una familia destrozada». El dolor y la impotencia se desbordan en las redes sociales. Esta vez, la víctima fue Andrés, un hombre trabajador, esposo, padre de una pequeña de tres años. Volvía a casa tras una jornada laboral cuando la tragedia lo alcanzó. Su teléfono celular, todavía reproduciendo la música que lo acompañó en su último trayecto, quedó sobre el asfalto como un testigo mudo de su muerte.
«Si llegas a leer esto, da la cara, así como llevabas tu carro lleno de cerveza y tu imprudencia de manejar así», reclamó su hermana, convencida de que el conductor iba ebrio al momento del impacto. «Mi madre no encuentra ni encontrará paz hasta encontrarte».
Las autoridades no han dado a conocer avances sobre la identidad del responsable. Mientras tanto, la familia de Andrés solo puede llorar y esperar justicia.
Pero Andrés no es el único. El pasado 13 de marzo, Bryan, un joven de apenas 18 años, también fue atropellado por un conductor que se dio a la fuga. Su madre, Ana Ibarra, quedó sumida en un dolor indescriptible. «A ti, cobarde, que atropellaste a mi hijo y huiste dejándolo sin vida, ojalá y veas esto. Ayer, junto con mi hijo, te llevaste también mi vida, lo único que yo tenía, mi niño. Y me dejaste sola sin mi hijo».
La comunidad ha reaccionado con indignación, exigiendo que las autoridades no permitan que estos crímenes queden impunes. «Si escapaste del ojo humano, no escaparás de la mano de Dios», agregó la madre de Bryan, con la voz quebrada por la tristeza.
Dos muertes en menos de diez días. Dos familias marcadas por el dolor. Y un auto fantasma que sigue su camino, dejando a su paso una estela de destrucción y lágrimas.
La pregunta sigue en el aire: ¿cuánto más debe pasar para que el responsable rinda cuentas?
Por. Raúl López García