11 enero, 2026

11 enero, 2026

La cuesta hacia la gloria (y el infierno que la precede)

EL FARO/FRANCISCO DE ASÍS

«Las puertas del infierno están abiertas noche y día;
Suave es el descenso y fácil es el camino: Pero para regresar y ver los
cielos alegres, en esto consiste la tarea y el gran esfuerzo.»
— Virgilio, Eneida, Libro VI

Hace unos días vi la película Gladiador II. En una de sus escenas se menciona el anterior verso de Virgilio que, casi de forma automática, conectó en mi mente con la figura de la presidenta de México. Ese descenso suave y glorioso hacia el infierno que describe la Eneida parecía retratar con precisión su camino al poder: acompañado, impulsado, facilitado, pero con un costo que hoy marca sus límites.

El camino al poder de Claudia Sheinbaum se ha asemejado, dolorosamente, al descenso al inframundo que relata Virgilio: fácil, acompañado, aplaudido. Pero su verdadero reto apenas comienza: salir de ese inframundo con dignidad, redención y legado.

Porque para llegar a la presidencia, Sheinbaum no solo tuvo que ser leal a un proyecto: tuvo que ser sumisa. No a las ideas, sino a una voluntad. No a la visión de país, sino al hombre que concentra el poder. Su fidelidad a Andrés Manuel López Obrador fue incondicional: aceptó sin protesta las reglas impuestas, los compañeros impuestos y, más grave aún, los silencios exigidos. Incluyendo al hijo del expresidente, Andy, parece le fue impuesto como parte del nuevo círculo de decisiones.

Ahora, en el poder, Sheinbaum se enfrenta al drama de muchos sucesores: el trono heredado no otorga autonomía. Sus convicciones, que quizás aún existen, están constreñidas por una nueva «mafia del poder», esta vez vestida con los colores de Morena. Donde sus propuestas afectan intereses, simplemente no avanzan. El ejemplo más claro es su intento de limitar el nepotismo, frenado por una clase política que ha hecho del acomodo familiar su marca registrada.

La presión de Estados Unidos para enfrentar con mayor dureza a los cárteles de la droga le ha abierto una ventana de oportunidad. Pero no ha sido suficiente para provocar un viraje profundo. Las redes de corrupción, protección institucional y silencio siguen intactas.

El verdadero muro con el que chocará en 2026 será la renegociación del T-MEC. Para entonces, los cambios que le han sido impuestos por el lópezobradorismo —desde la política energética hasta el debilitamiento de organismos autónomos— representarán un obstáculo para que México capitalice el potencial de su relación comercial con Norteamérica.
Claudia Sheinbaum ya sabe que para ella no habrá un «mañana» político. No tiene posibilidad de reelección, y tras su mandato no habrá un cargo más alto. Eso puede ser una debilidad, pero también una oportunidad: la de gobernar sin tener que complacer a nadie más que a su conciencia y al juicio de la historia.

No parece ser una mujer obsesionada por la riqueza. Si tiene inteligencia —y la tiene— sabe que su verdadero legado será si logra trascender. Si logra dejar un México mejor que el que recibió. Pero para eso necesita algo más que voluntad: necesita coraje. Coraje para romper con quienes la llevaron al poder, para desafiar a quienes le recuerdan constantemente a quién le debe su lugar.

Si lo logra, se llevará la gloria. Si fracasa, el destino la arrastrará a ese rincón oscuro donde los expresidentes buscan el olvido: como Luis Echeverria, José López Portillo Enrique Peña Nieto en su exilio voluntario, o como el propio López Obrador, que podría terminar como un anciano molesto y desconectado, consumido por el resentimiento.
Porque al final, algo huele a podrido en Dinamarca, como decía Shakespeare. Y aunque López Obrador prometió un sistema de salud como el de ese país escandinavo, lo que heredó fue un hedor de podredumbre institucional y una corrupción rampante que todo lo invade.

Ese es el infierno del que Sheinbaum tendrá que salir. El ascenso al poder fue suave, deslizándose por un camino pavimentado por la trampa, el uso del dinero indebido, la sumisión ante quien detentó el máximo poder en el país, la destrucción de contrapesos democráticos y la promoción disfrazada desde el aparato del Estado. Lo difícil, lo verdaderamente glorioso, será ahora subir en la escalera de la moral, la rectitud y la decencia, cuando su pasado está marcado más por la obediencia que por el liderazgo. Ahí está la tarea. Ahí el gran esfuerzo.

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