13 mayo, 2026

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Vidas desperdiciadas

RETÓRICA / MARIO FLORES PEDRAZA
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Hace unos años, un gran amigo me recomendó un libro que, según sus palabras, “te va a sacudir el alma”. Lo dejé en la pila de lecturas postergadas (ese cementerio de buenas intenciones) hasta que un día, se me hizo leerlo , lo leí. El título: Vidas desperdiciadas, de Zygmunt Bauman. El efecto: devastador. No tanto por su crudeza, sino por su precisión quirúrgica para describir el malestar de nuestra época con una lucidez insoportable.
Bauman no escribe para adornar el mundo, sino para desnudarlo. Nos habla de los residuos humanos del sistema: inmigrantes, desempleados, indigentes, marginados… pero no solo en el sentido económico. Nos revela que en la modernidad líquida todo y todos somos descartables. La lógica de la eficiencia y la velocidad convierte a millones en excedentes, en sobras del progreso. Ya no es necesario exterminarlos, como en las épocas más oscuras del siglo XX; basta con ignorarlos. Son invisibles, irrelevantes, residuos de un sistema que solo glorifica lo útil, lo rentable, lo instantáneo.
Lo más inquietante no es que existan vidas desperdiciadas, sino que todos podríamos ser una de ellas. El desempleo ya no es una anomalía, sino una amenaza estructural. El migrante ya no es un huésped, sino un sospechoso. El pobre no es un sujeto político, sino un fracaso individual. Vivimos en una civilización que proclama la libertad mientras perfecciona sus mecanismos de exclusión. Bauman no nos muestra un abismo ajeno, sino un espejo incómodo.
Y aquí viene la herida más profunda: nos hemos acostumbrado a ver la desgracia como paisaje. La miseria ya no escandaliza, se gestiona. Los campos de refugiados son cifras. Las tragedias cotidianas del sur global compiten con influencers por atención. El sufrimiento ajeno se ha vuelto ruido de fondo. Y mientras tanto, nos convencemos de que estamos “progresando”.
Pero Vidas desperdiciadas no es solo una denuncia. Es una advertencia. Bauman señala que esta maquinaria de exclusión no es sostenible. No hay muro, frontera ni algoritmo que contenga eternamente la desesperación acumulada. La vida contemporánea, con su culto a la eficiencia, está cavando su propia fosa moral. Y lo peor es que lo hace con una sonrisa de autoayuda en el rostro.
La pregunta que nos lanza Bauman y que deberíamos grabar en cada institución, en cada discurso, en cada selfie, es simple y brutal: ¿qué tipo de mundo estamos construyendo cuando aceptamos que millones de vidas sean prescindibles?
Tal vez aún estemos a tiempo de responderla.

POR MARIO FLORES PEDRAZA

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