TAMAULIPAS, MÉXICO.- En Tamaulipas hay hoy entre 165 y 210 mil personas jubiladas y pensionadas, una cifra que crece cada año y que ya presiona al límite a los sistemas que pagan pensiones, en un estado con salarios bajos, alta informalidad y una base laboral incapaz de sostener el ritmo del envejecimiento. Lo que durante años fue una advertencia técnica hoy es una presión financiera y social con efectos directos sobre el presupuesto público, los servicios de salud y la estabilidad económica de miles de familias.
El proceso de envejecimiento demográfico no es un fenómeno aislado, sino parte de una transición poblacional acelerada que reconfigura las finanzas públicas estatales. De acuerdo con el Instituto Nacional de Estadística y Geografía, 426 mil tamaulipecos tienen 60 años o más y 286 mil ya superan los 65, edad que tradicionalmente marca el retiro laboral. Este grupo poblacional seguirá creciendo durante la próxima década, mientras la población en edad productiva lo hará a menor velocidad y con mayor precariedad laboral, una desproporción que compromete la sostenibilidad financiera del retiro.
La presión no es solo numérica, es estructural, Tamaulipas combina envejecimiento acelerado con una tasa de informalidad laboral superior al 50 por ciento, lo que significa que cada vez menos trabajadores cotizan de manera regular a un sistema de pensiones que depende de las aportaciones activas para sostener a quienes ya se retiraron. Esta asimetría se expresa en déficits actuariales, mayor dependencia de recursos públicos y reformas constantes que, aunque necesarias para evitar el colapso, erosionan derechos y reducen expectativas.
El sistema de pensiones que cubre a este universo está fragmentado y depende del IMSS, del ISSSTE y del IPSSET, tres esquemas distintos, con reglas, fórmulas de cálculo y capacidades financieras diferentes, pero todos bajo presión. Se trata de un modelo diseñado para un país más joven, con trayectorias laborales estables y una base amplia de empleo formal, condiciones que se han ido erosionando durante décadas.
Durante años se vendió la idea de que las pensiones eran un derecho sólido y permanente, una recompensa garantizada tras una vida laboral completa. Hoy la realidad es distinta, el retiro se convirtió en una etapa de ajuste, recorte y sobrevivencia, no por una mala administración aislada, sino por un diseño que ya no soporta la carga demográfica, financiera y laboral que enfrenta.
Las reformas federales reconocieron el problema sin decirlo de manera directa. La reforma al IMSS de 2020 redujo las semanas necesarias para jubilarse de 1,250 a 750, pero incrementó de manera significativa las aportaciones patronales. El mensaje fue claro, sin más dinero entrando al sistema no hay pensiones que alcancen, y el retiro pleno dejó de ser financieramente viable bajo las reglas anteriores.
El Fondo de Pensiones para el Bienestar confirmó la falla estructural del modelo de ahorro individual. Las cuentas individuales no garantizan por sí solas pensiones dignas en un país con bajos salarios, alta informalidad y trayectorias laborales interrumpidas. El Estado tuvo que regresar como complemento, no mediante una reingeniería profunda del sistema, sino como un amortiguador social para evitar pensiones por debajo de niveles mínimos de subsistencia.
En Tamaulipas, miles de futuros jubilados dependen ya de ese mecanismo, que no resuelve el problema de fondo, pero contiene el impacto social del retiro precario. Es un parche costoso y necesario, que cada año exige mayores recursos fiscales y abre un debate incómodo sobre hasta dónde puede sostenerse financieramente.
El impacto más directo y políticamente sensible se dio a nivel local, la reforma al IPSSET aprobada en 2025 elevó la edad mínima de jubilación a 65 años, modificó el cálculo del salario regulador y redujo el porcentaje real de pensión para las nuevas generaciones. No fue una decisión ideológica, fue una medida de supervivencia financiera ante un fondo que acumulaba pasivos crecientes.
Para los trabajadores en activo del gobierno estatal el mensaje es contundente, deberán trabajar más años, aportar durante más tiempo y aceptar una pensión menor en proporción a su último salario, todo para garantizar que quienes ya están jubilados sigan cobrando puntualmente. El ajuste se proyecta hacia el futuro, pero el malestar se vive en el presente.
Entre los jubilados el enojo es cada vez más visible, no piden privilegios, piden no ser condenados a la pobreza ya que muchos aseguran que su pensión ya no alcanza para medicamentos, alimentación y servicios básicos, en un contexto de inflación persistente y costos médicos que crecen por encima del promedio nacional.
Las organizaciones de jubilados reclaman incrementos reales y no solo ajustes inflacionarios nominales; denuncian que cada año pierden poder adquisitivo mientras los costos de salud, vivienda y energía se disparan. La pensión sube en el papel, pero baja en la vida diaria, una brecha que se amplía con el paso del tiempo.
Exigen también transparencia en el manejo de los fondos, claridad sobre las decisiones financieras y participación en los procesos de reforma que cuestionan por qué los sacrificios recaen siempre sobre quienes ya no tienen margen para recomponer ingresos.
El conflicto es evidente: el sistema necesita ajustes para no quebrar, pero esos ajustes deterioran la calidad de vida de quienes ya cumplieron su ciclo laboral. El costo político se difiere, el costo social se paga todos los días.
Tamaulipas ya entró de lleno a la década del retiro masivo, más jubilados, menos trabajadores formales y una relación cada vez más desfavorable entre quienes aportan y quienes reciben; este debate ya no es técnico ni ideológico, es profundamente humano, cómo envejecer con dignidad en un sistema que apenas logra sostenerse.
El futuro de las pensiones en el estado no será cómodo ya que llegarán más reformas, más años de trabajo y mayor presión sobre las nuevas generaciones.
La verdadera pregunta es si, mientras se ajustan las cifras, alguien está escuchando a quienes ya viven el retiro con angustia.
Por. Nora M. García
Expreso-La Razón




