No güero, rubio. Con el pelo ensortijado, suéter viejo, ojos profundamente azules, apenas 14 añitos a sus hombros… Y sí, a sus hombros, así como sus tres hermanitos menores qué cuidar…
Sin padre presencial, con una madre enferma, ausente y agresiva que sólo sabía desquitar su dolor y frustración en sus hijos; así que Gonzalo simplemente hizo lo que su buen corazón le dijo que tenía que hacer: ver por sus hermanos…
Gonzalo era nuestro compañero en la Secundaria a pesar de sus escasos recursos; alguien le regaló una beca de esas donde se mencionaba a indeterminados padrinos de Estados Unidos, quienes pagaban la inscripción y la colegiatura a compañeros como él en nuestra Alma Mater, un colegio comandado por religiosas de la orden de San Vicente de Paul, sin embargo, incluyente de profesores laicos e incluso, de alguno medio ateo…
Gonzalo era casi un niño que únicamente sabía de recibir golpes, ya fuera por su propia madre incluso o por sus compañeros de escuela, quienes lo llamaban: «el gringo taras», de sobra las burlas, humillaciones, vejaciones… Y él, sólo respondía sonriendo! Muy posiblemente por miedo o por costumbre. O por no saber qué hacer…
El casi niño dejó de estudiar muy pronto, sus obligaciones de hermano mayor, la situación económica de él y sus hermanitos, así como el lavar ropa, hacer la casa, apenas le dejaban tiempo para estudiar.
Se dedicó al cuidado de sus hermanos quienes también tuvieron que dejar de estudiar.
Sin embargo, según contaban los compañeros, Gonzalo no se perdía lectura que cayera en sus manos; ello no lo convirtió en un erudito, su personalidad continuó siendo la de un casi joven introvertido, callado, indefenso ante la vida que le tocó vivir: él no escogió, simplemente no tuvo mayor opción, eran los años 80 en un olvidado pueblo del Estado de México, sólo, sin familia , sin amor ni protección, apoyo? como no fuera un trocito de chicharrón crujiente con salsa y tortillas que los vecinos le daban ahí, de vez en cuando…
Y él seguía sobreviviendo como podía, con su eterna sonrisa y sus silencios que decían más que mil palabras!
Gonzalo trabajó de lo que pudo; irónicamente, lo que podía abrirle puertas, fue su mayor maldición: prácticamente era un pecado ser tan guapo: tan rubio, tan de ojos azules, tan de buen porte y figura, siendo a la vez un niño tan de escasos recursos humanos, porque no sólo era lo económico, era también la soledad, la falta de familia, el cúmulo de responsabilidades… Y él, continuaba con su eterna y hermosa sonrisa!
Años después, ya de mayores, por trabajo, fui por aquéllas ya lejanas tierras, supe mayores detalles de su vida y entonces pedí a un buen ex compañero de la Secundaria y mejor amigo aún Alfonso, que por favor me llevara a buscar a Gonzalo… Su situación era aún de mayor cuidado: se había casado, buscaba una compañera con quién hacer vida, formar una familia en un hogar aunque fuera pequeño… Su mujer resultó ser una maltratadora que lo agredía verbalmente anulando su existencia y dejando marcas físicas de sus histerias convertidas en gritos, insultos y agresiones…
Gonzalo tendría unos 45 años cuando fue diagnosticado de cáncer, la nariz la tenía destrozada y el resto de su antaño hermosa carita, se le iba cayendo poco a poco…
Pero esta historia real, no es por hacer drama, es preciso resaltar el porqué de este relato: a veces con o sin razón sentimos que la vida nos sobrepasa ante determinadas circunstancias, que nos pasa factura injusta o pruebas demasiado grandes… Y hay quien está peor.
Gonzalo siempre sonrió, hasta el último momento y nos compartió lo que él decía, humilde mensaje, cuando creíamos irónicamente, que le llevabamos una voz de aliento: «Yo me voy a recuperar, ya casi estoy bien! Voy a poder ver a mi familia y volver a estar juntos otra vez todos!
Qué lección de humildad, fe y amor a la vida de alguien que sí tenía todo el derecho de quejarse y sin embargo, sólo compartía su amor por la vida… Quienes la tenemos, damos por todo hecho, casi que más que merecido y normal… Y qué tal si no? GRACIAS GONZALO, DIOS TE GUARDE




