18 febrero, 2026

18 febrero, 2026

Los therians y su viralidad

Razones/Martha Irene Herrera

En los últimos días, las redes sociales se llenaron de máscaras, colas, carreras a cuatro patas y declaraciones que, para muchos, resultan desconcertantes. Jóvenes que se identifican como therians —personas que afirman sentir una conexión profunda, espiritual o psicológica con un animal— se volvieron tendencia.

El fenómeno no es nuevo. La idea de humanos vinculados simbólicamente con animales ha existido desde hace siglos en mitologías y tradiciones culturales. Lo que sí es nuevo es la vitrina digital que amplifica todo lo llamativo, lo excéntrico y lo polémico.

Un video basta para detonar millones de vistas. Una escena inusual garantiza comentarios, burlas, indignación y debates interminables. La viralidad no distingue entre lo importante y lo extravagante; solo premia lo que detona emociones rápidas.

Y ahí comienza la verdadera reflexión.
No es la existencia de los therians lo que debería inquietarnos. Cada generación construye sus propias formas de identidad y pertenencia. Tampoco se trata de etiquetar automáticamente como trastorno aquello que resulta ajeno o difícil de comprender. La inclusión y la no discriminación son principios necesarios en cualquier sociedad democrática.

La pregunta es otra.
¿Por qué estos temas ocupan tanto espacio en la conversación pública mientras asuntos esenciales permanecen relegados? ¿Por qué dedicamos horas a discutir una identidad viral y apenas minutos a analizar la calidad educativa, la precariedad laboral o la violencia cotidiana?

Las plataformas digitales no fueron diseñadas para elevar el debate público, sino para retener nuestra atención. Y la atención se captura con sorpresa, con escándalo o con rareza. Lo complejo, lo estructural y lo urgente requiere tiempo, contexto y pensamiento crítico: tres elementos que no suelen competir bien contra el algoritmo.

Vivimos en una época donde la identidad se ha convertido en el centro del discurso social. Cada expresión individual encuentra eco inmediato, validación comunitaria y amplificación masiva. Eso puede ser positivo cuando visibiliza injusticias reales. Pero también puede generar una especie de ruido constante que diluye prioridades colectivas.

No se trata de ridiculizar ni de perseguir nuevas formas de autoidentificación. Se trata de preguntarnos qué estamos dejando de discutir mientras observamos el espectáculo digital.
Mientras debatimos si alguien se siente lobo, millones de ciudadanos siguen esperando respuestas sobre empleo, seguridad, salud y oportunidades reales de desarrollo.

Porque cuando lo anecdótico desplaza a lo estructural, cuando lo viral sustituye a lo vital, la conversación pública se empobrece. Y una sociedad que pierde el foco termina normalizando sus crisis más profundas.

Vaya que vivimos en un mundo donde todo cabe y todo puede pasar. Donde lo insólito se vuelve cotidiano y lo urgente compite, en desventaja, contra lo extravagante. Un mundo que presume inclusión, pero que a veces confunde amplitud con ausencia de prioridades.

Tal vez la pregunta no sea quién se identifica como animal, sino si nosotros estamos dispuestos a recuperar el sentido de lo verdaderamente humano: la responsabilidad colectiva, el pensamiento crítico y la capacidad de distinguir entre lo que entretiene y lo que importa.
Ahí están las razones.

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