En los últimos días se ha vuelto viral la imagen de Punch, un pequeño macaco japonés que reside en el zoológico y Jardín Botánico de Ichikawa, en Japón. Nació en julio de 2025 y, poco después de llegar al mundo, fue rechazado por su madre. Desde entonces, los cuidadores lo alimentan a mano y lo acompañan en su desarrollo. Pero hay algo más que lo acompaña siempre: un peluche naranja que abraza, arrastra y sostiene como si en esa felpa estuviera concentrada toda su seguridad.
La escena enternece y duele al mismo tiempo. Punch come con el muñeco entre los brazos, duerme aferrado a él y juega sin soltarlo del todo. No es un gesto caprichoso ni una ocurrencia simpática: es una respuesta instintiva. Los primates, como los humanos, dependen profundamente del vínculo materno. En condiciones naturales, las crías pasan meses —incluso años— pegadas al cuerpo de su madre. Se sujetan a su vientre, se refugian en su calor, aprenden observando y explorando bajo su protección. El contacto físico regula su estrés, fortalece su sistema inmunológico y moldea su conducta social futura.
Cuando ese vínculo se interrumpe, el cuerpo busca sustitutos. En psicología se habla de objetos transicionales: elementos que ayudan a procesar la ausencia y a regular la angustia. Para Punch, ese peluche naranja se convirtió en puente entre la pérdida y la adaptación. No es solo un juguete. Es contención. Es calma. Es el equivalente simbólico de un abrazo.
Quizá por eso millones de personas han reaccionado conmovidas. Algo en la imagen detiene el ritmo acelerado con el que solemos consumir noticias. En medio de un mundo atravesado por conflictos, polarización y sobresaltos constantes, aparece un pequeño macaco abrazando felpa y nos recuerda lo esencial.
Vivimos tiempos en los que la dureza parece confundirse con fortaleza. Donde la prisa sustituye la escucha y la opinión desplaza la empatía. Sin embargo, Punch —sin saberlo— nos plantea una pregunta silenciosa: ¿cuándo dejamos de valorar la ternura como una forma legítima de resistencia?
Muchos quisiéramos estar cerca, hablarle con suavidad, decirle que todo estará bien. Hay un impulso casi inmediato de protegerlo. Y en esa reacción también hay una revelación: todavía somos capaces de responder con cuidado ante la vulnerabilidad.
Pero no hace falta mirar hasta Japón para encontrar otros Punch. Están alrededor. Animalitos que esperan adopción, que necesitan alimento y protección. Y también Punch humanos: niños que cargan silencios demasiado grandes, adultos que disimulan su tristeza bajo jornadas interminables, personas mayores que enfrentan la soledad sin ruido.
A veces el peluche naranja no es un objeto. Es una palabra de aliento.
Una llamada a tiempo.
Una mano extendida.
Una voz que diga: “Aquí estoy”.
Punch no sabe que es viral. No sabe que su imagen recorre pantallas en distintos idiomas. Solo sabe aferrarse a lo que le ofrece seguridad. Tal vez ahí radica su lección más profunda: la ternura no es debilidad, es supervivencia.
Si todavía somos capaces de enternecernos ante la fragilidad de un pequeño macaco, todavía conservamos intacta nuestra capacidad de cuidar. Y en tiempos convulsos, esa capacidad puede ser el comienzo de algo mejor.
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