28 marzo, 2026

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El arte solitario y aterrador de las palabras 

CRÓNICAS DE LA CALLE / RIGOBERTO HERNÁNDEZ GUEVARA 
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Escribir es un acto solitario y aterrador afirmaba Carlos Fuentes. Y si no lo hubiera dicho él, de todas maneras lo fuera. Y aún cuando el arte divino de la escritura nos acerca más al prójimo, la idea de que ocurra lo contrario nos incomoda, contiene regular dosis de incertidumbre.

Cuando eres escritor no ocupas buscar un tema, no tienes el problema de buscar sin encontrar  frente a una hoja en blanco. Escribes sobre cualquier tema, de cualquier objeto, de un ligero movimiento, acerca del recuerdo de ese momento, del pasado se escribe, del posible futuro.

No obstante el estilo y la voz que se adquieren con el tiempo, quien suscribe ha de respetar el género al que se encuadre. Aparte de los géneros literarios donde se enmarcan la narrativa , el ensayo, la crónica y la biografía literaria; en el caso del periodismo que fue considerado hasta no hace mucho tiempo un género literario, pese al rigor de veracidad que exige, destacan la nota, la crónica , el pie de foto, la historia, la columna, la columna editorial, y el artículo con su gran variedad de propuestas incluso científicas. 

No se ocupa un recinto específico, un mullido sillón ni una gran ventana, que podría ser imaginaria, para describir el paisaje. No ocupa un encargo pero igualmente se elabora una tesis conforme a un protocolo. 

El pensamiento viajero no recide en el cerebro sino que flota en el ambiente, llega a los sentidos y golpea una región del cerebro. Se dice que la mente está en el cerebro, acaso no existe, y sin embargo el cerebro humano es el instrumento hábil para recibir los datos que transferimos en pensamientos de consumo para su debida explotación llegado el momento. La mente guarda en memoria caché, y es un constante toma y daca de datos. 

Al escribir salen recuerdos, pero la magia del talento une coordenadas, junta, encuentra datos únicos y recorre regiones inexploradas para la originalidad de un texto. Hay quienes sugieren que se nace escritor en un 90 por ciento, pero el 10 por ciento es arduo trabajo sin lo cual no se logra el éxito. Mas qué es el éxito en la escritura, sino el ver el fino acabado, como el ebanista que da un extra a su trabajo y lo contempla . 

La escritura usa el valioso contenido y la contingencia del cuerpo de la persona y de la vida. Entra por una oreja y sale por la otra. En eso la mente a mil revoluciones por minuto se envuelve en letras, palabras y frases que luego desecha para escoger una o ninguna de ellas, sino otra única. 

El instinto que llega del exterior aborda con su baja o alta frecuencia el estado de ánimo del escritor que desengañado y frustrado se levanta de su asiento y al alejarse del escritorio decide volver con valentía por ese algo que de modo inexplicable le dicta y lo guía. Luego resulta en lo mejor del texto, el mágico giro del inconsciente. Así es como brota la palabra efectiva, la oculta y pecaminosa, la que al final marca la diferencia entre un escritor y otro. 

Se escribe tal cual se lee. Ni más ni menos. El ejercicio de la lectura conmueve al ejército de palabras que irán armados al campo de batalla, que suelen triunfar después de muchas derrotas y habrá que ser paciente y dedicado. Amoroso y buena persona, generoso pues. 

La experiencia logra un texto acorde con los acontecimientos y según la necesidad de elocuencia. Para ello la lectura es el sustento, fuera de la técnica utilizada, están los recursos literarios que otorga el tiempo y la disciplina diaria hasta altas horas de la noche: la frase de impacto como un punto de luz, la sorpresiva palabra, la descripción exacta, el lenguaje y la voz a quien va dirigida, la capacidad para ser comprendido y hacer a un tiempo el texto emotivo y simple. Pues en este arte como en todas las bellas artes, lo más difícil es hacer lo sencillo.

HASTA PRONTO 

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