Por. Jorge Faljo
Tras veinte horas de diálogo los representantes de Estados Unidos, Vance el vicepresidente, Kushner el yerno de Trump y Witkoff, su compañero de golf, señalaron que no hubo acuerdo posible. Los representantes de Irán regresaron a Teherán en un vuelo escoltado por aviones de combate de Pakistán. A lo largo del encuentro Trump había dicho que estaban vivos gracias a que iban a participar en la negociación, lo que a algunos les hizo suponer que podían ser objeto de una nueva decapitación.
Trump había dicho que se negociaría sobre la base de la propuesta de 10 puntos que había presentado Irán, lo que dio a entender que Estados Unidos tendría una posición flexible. Fue todo lo contrario; Estados Unidos le planteó a Irán tres exigencias irreductibles: limitación de su desarrollo nuclear; corte de relaciones con sus aliados regionales y apertura total del estrecho de Ormuz.
Ante los medios Estados Unidos enfatizó el riesgo de que Irán llegue a desarrollar un arma nuclear y en la práctica eso se tradujo en la exigencia de que entregue todo su uranio almacenado y desmantele sus equipos de enriquecimiento del material. Es decir que Irán abandone la posibilidad de desarrollar un programa de energía nuclear civil, pacífico y dentro de la legalidad internacional. Esto cuando las entidades de inteligencia, es decir información estratégica de los Estados Unidos han declarado que Irán no se encuentra en vías de fabricar una bomba nuclear. A diferencia, dicen otros, de Israel que tiene bombas nucleares no declaradas y que actúa sin apego a las leyes internacionales, ni acepta supervisión alguna.
Irán ha insistido durante décadas de que no tiene la intención de construir una bomba atómica y que se maneja dentro de las reglas del tratado de no proliferación nuclear. No solo para cumplir los acuerdos firmados sino porque a nivel interno el anterior Ayatola, el líder religioso supremo prohibió el desarrollo de una bomba atómica por ser pecado. Un edicto religioso que a la fecha no ha sido revocado.
El segundo punto contencioso es que Irán abandone a sus aliados regionales, Hesbolá en Líbano, Hamas en Gaza, los Hutiés en Yemen y algunos grupos en Irak. Sin embargo en la perspectiva iraní en Medio Oriente se desarrolla una sola guerra en varios frentes. Por ello exige como precondición para abrir el estrecho de Ormuz que cesen las hostilidades en todos los frentes, en particular en Líbano. Lo que quiere es seguridad, paz, estabilidad y prosperidad para todos o, en caso contrario, para nadie.
Israel alega que su conflicto con Hesbolá es aparte y que no estaba cubierto por el acuerdo inicial de suspensión de hostilidades previo al diálogo en Islamabad. Israel exige el desarme total de Hesbolá o que le den tiempo para destruirlo completamente. El problema es que no puede destruir a Hesbolá directamente y lo que hace es seguir una estrategia de tierra arrasada sobre barrios, viviendas, hospitales, escuelas e infraestructura de agua y energía en Beirut la capital de Líbano. También esta demoliendo viviendas y pueblos enteros abandonados en el sur de Líbano, lo que en un futuro le dará posibilidades de colonizar esa zona ya deshabitada.
La idea que han compartido Israel y Estados Unidos es que el castigo extremo a la población conseguirá que esta se rebele y deponga a sus actuales dirigentes políticos y militares. Una estrategia que no funcionó en Afganistán, Gaza, Venezuela, Cuba o Irán.
La tercer mayor exigencia norteamericana fue la apertura total del estrecho de Ormuz, sin cobrar cuotas a la navegación. Sobre este punto Trump ha saltado de una posición a otra. En algún momento declaró que el estrecho no le importaba porque por ahí no pasaban mercancías destinadas a los Estados Unidos. Luego convocó a los países con los que tiene alianza militar en Europa a ser ellos los que desbloquearan el estrecho con sus propias flotas navales y aéreas, pero estos no respondieron al llamado. Luego dijo que con el tiempo el estrecho se abriría de manera natural, por sí solo. Más adelante planteó, aunque parezca increíble, ser socio en el negocio del cobro de peaje en el estrecho.
Para Irán el control de estrecho de Ormuz es su carta triunfadora. Tiene la capacidad de estrangular la economía global al grado de provocar una depresión de gravísimas consecuencias. ¿Por qué no hacerlo si el mismo ha sido estrangulado durante décadas? Lo que Irán pretende es romper el paradigma de control norteamericano e israelita de la región. El desalojo de las trece bases militares que los rodean; el derecho irrestricto a comercial y tener transacciones financieras con otros países; la devolución de miles de millones de dólares que se mantienen congelados y el control del estrecho con el derecho a cobrar peaje a los países que han sido cómplices en décadas de ataques en su contra.
Irán no está dispuesto a negociaciones interminables en las que se llegue a propuestas de disminución gradual de las sanciones, siempre bajo vigilancia y sujeto a escrutinio para calificar su buen comportamiento. Aunque su infraestructura y población han sido gravemente dañadas sus capacidades militares, ocultas bajo tierra y un enorme arsenal acumulado durante más de dos décadas, le permite responder con represalias ajustadas a los golpes recibidos e impedir la navegación sin permiso previo por el estrecho de Ormuz.
A Trump en cambio le urge encontrar la salida al embrollo que el mismo creo a instancias de Israel.
Cuando Trump amenazó con destruir los puentes de Irán, hubo concentraciones masivas sobre esos puentes y otros blancos en la mira de Estados Unidos e Israel. Eso da idea de lo que están dispuestos a sufrir, al martirio que les propone su cultura y religión, con tal de acabar de una vez y para siempre con décadas de pesadilla.
Trump ha ordenado bloquear el estrecho de Ormuz, un bloqueo sobre el bloqueo, destinado a impedir la salida de petróleo iraní y para detener a todos los buques que paguen peaje.
Al momento de escribir esta nota no se sabe que ocurrirá cuando la flota norteamericana intente detener un buque chino, asiático o europeo que posiblemente haya pagado peaje.
El hecho es que con su doble bloqueo Trump empeora la escasez y eleva los precios del petróleo, el gas, los fertilizantes y otros insumos necesarios para la industria, la agricultura, la electrónica. En sus arrebatos amenaza a sus aliados, a China y hasta al Vaticano y al Papa.
León XIV criticó el delirio de omnipotencia que impulsa la guerra contra Irán, ha dicho que Dios no escucha las plegarias de aquellos que tienen las manos manchadas de sangre y que ya basta de la idolatría del yo y del dinero. Por su parte Trump acusa al papa de debilidad ante el crimen, de aceptar que Irán tenga bombas atómicas, lo que es un absurdo y amenaza con promover un cisma dentro de la iglesia católica, como el de hace siglos cuando hubo dos papas al mismo tiempo, uno en Roma y otro en Aviñón. El Papa ha respondido que no le tiene miedo.
Trump ha divulgado una imagen de el mismo, creada con inteligencia artificial donde aparece como una figura religiosa, una especie de mesías, con la que da a entender que compite por la supremacía espiritual. Para gran parte de los cristianos católicos y evangélicos de Estados Unidos y del mundo es una blasfemia. Una muestra extrema de su delirio. En esta guerra contra Irán, Trump ya tuvo roces con la comunidad musulmana y ahora con los católicos. No contribuye a crear empatía para los candidatos republicanos y contribuye al futuro muy probable triunfo demócrata arrasador.




