19 abril, 2026

19 abril, 2026

Fracking en sequía

En Público/Nora Marianela Garcia Rodriguez
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La presa Falcón está al 2% de su capacidad; la Amistad, al 5%; trece municipios del norte de Tamaulipas llevan meses en semáforo rojo por escasez de agua, y el gobierno federal acaba de abrir la puerta para extraer gas de esa misma región mediante fractura hidráulica; eso no es una paradoja de la política energética, es su radiografía.

México importó en 2025 un promedio de 6,638 millones de pies cúbicos diarios de gas natural desde Estados Unidos, el nivel más alto desde que se tienen registros y el tercer año consecutivo al alza; en mayo de ese año el pico llegó a 7,500 millones de pies cúbicos en un solo mes, impulsado por las olas de calor; la dependencia de una sola fuente de suministro cubre ya el 76% del consumo nacional, y Pemex produce menos de la mitad de lo que el país necesita.

Ese es el dato que explica por qué la presidenta Claudia Sheinbaum dijo el 8 de abril que «Burgos es una opción», y por qué nadie en el gobierno federal discutió mucho esa afirmación.

La Cuenca de Burgos concentra, según la Comisión Nacional de Hidrocarburos, 54 billones de pies cúbicos de gas de lutitas en los 19 municipios tamaulipecos que la integran, más 13 billones de gas convencional; Pemex tiene un plan para elevar la producción nacional de 2,300 a 8,600 millones de pies cúbicos diarios en diez años, y Burgos es la pieza central de ese plan

Del lado texano, el yacimiento de Eagle Ford lleva décadas generando riqueza, empleo e innovación con las mismas formaciones geológicas que en Tamaulipas llevan décadas atrapadas en la roca madre; esa brecha no es de geología, es de decisión política y de modelo de desarrollo.

El gobernador Américo Villarreal no tardó en posicionarse: participó en la Décima Convención Nacional Petrolera con un mensaje de alineación total con la estrategia federal.

Tamaulipas levanta la mano, dijo, tiene los gasoductos, las terminales, la infraestructura; y tiene razón, la planta de GNL de Altamira cerró su primer año exportando 868 millones de dólares en gas licuado, y el bloque Cuervito en Burgos ya fue adjudicado a la empresa Geolis mediante contrato mixto con Pemex; la maquinaria energética está en movimiento, la pregunta no es si va a arrancar sino bajo qué condiciones y a favor de quién.

Lo que el discurso oficial omite es una contradicción que no es técnica ni temporal: los municipios donde está el gas son exactamente los mismos que llevan más de tres años sin agua suficiente.

Reynosa, Díaz Ordaz, Miguel Alemán, Mier, Camargo, todos en semáforo rojo, todos sobre la Cuenca de Burgos, todos dependientes de unas presas internacionales que en febrero de 2026 registraron niveles sin precedente histórico.

Tamaulipas ya cedió 431.5 millones de metros cúbicos a Texas bajo el tratado binacional del Río Bravo, el gobernador tuvo que exigir formalmente que esa entrega no tocara el agua de consumo humano de las ciudades fronterizas; y en ese mismo territorio, con esa misma agua, se propone ahora extraer gas mediante fractura hidráulica.

El fracking convencional consume cantidades industriales de agua; las versiones más modernas la reducen hasta en 70%, y el Instituto Mexicano del Petróleo propone inyección de CO2 como alternativa para estimular los yacimientos sin tocar los acuíferos.

Son propuestas técnicas serias, no son promesas; el comité de especialistas que nombrará la federación para evaluar la viabilidad tiene dos meses para entregar recomendaciones sobre una decisión que afectará décadas.

Dos meses para resolver en laboratorio lo que en la práctica mundial ha tardado años en calibrarse, en una región donde el Monitor de Sequía de Conagua registra condiciones que van de anormalmente seco a sequía moderada, y donde los acuíferos no esperan calendarios académicos.

La planta de GNL de Altamira exportó 868 millones de dólares en su primer año de operaciones; es un dato que se repite en todos los boletines de gobierno como evidencia de desarrollo.

Lo que esos boletines no dicen es cuánto de esa renta queda en Tamaulipas, cuántos trabajadores locales tiene la operación, qué porcentaje del valor generado se traduce en servicios públicos, en infraestructura hídrica, en ingresos fiscales estatales.

La dependencia del hidrocarburo estadounidense ha crecido 47% desde 2018, y México paga hoy en promedio 18.2 millones de dólares diarios por ese gas importado; si Burgos produjera para sustituir aunque sea una fracción de esas importaciones, el valor potencial es enorme.

La historia extractiva de Tamaulipas sugiere que ese valor y el bienestar regional no tienen por qué coincidir de forma automática.

El norte de Tamaulipas produce desde 1946; en ese año arrancó la exploración de Burgos, y hace ocho décadas que la región cede territorio, infraestructura y recursos naturales a proyectos de escala nacional cuyos beneficios se contabilizan en Ciudad de México o en Houston.

Los convenios que Pemex firmó en 2003 con los gobiernos de Tamaulipas, Nuevo León y Coahuila para garantizar desarrollo sustentable en los municipios de la cuenca quedaron en papel, las comunidades locales no vieron los beneficios prometidos, y la llegada de empresas externas tras la reforma energética redujo incluso las oportunidades laborales para los habitantes de la región.

Esto no es una falla de implementación, es el patrón; y el patrón no cambia solo porque ahora se le llame «soberanía energética» o «humanismo mexicano».

Tamaulipas tiene razones para participar en la reactivación energética nacional y puede hacerlo sin repetir el ciclo de los enclaves.

Pero eso requiere tres condiciones que nadie ha puesto formalmente sobre la mesa: primero, que cualquier proyecto de extracción en la Cuenca de Burgos quede supeditado a un balance hídrico independiente, verificado y vinculante, con participación de los organismos operadores de agua de los municipios afectados.

Segundo, que se establezca un fondo territorial de desarrollo ligado al volumen extraído, administrado por los municipios de la cuenca y auditado públicamente, como condición del contrato y no como promesa política.

Tercero, que la cadena de valor del gas, desde la extracción hasta la exportación, incluya metas de empleo local, proveeduría regional y formación de capacidades técnicas en las comunidades, no solo en los complejos industriales de Altamira.

Sin esas condiciones, el regreso del fracking a Tamaulipas reproducirá lo de siempre: el recurso fluye hacia afuera, los costos se quedan adentro, y el norte del estado sigue explicando por qué tiene tanto gas y tan poca agua.

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