19 abril, 2026

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La hora azul

EL FARO/FRANCISCO DE ASÍS
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Le gustaba salir por la tarde, al inicio del ocaso. Se complacía en ver el crepúsculo —“la hora azul”, decía—. Se sentaba en la mecedora del porche de la casa de su hija. Estaba de visita. Procuraba ir una o dos veces por año.

Ya acomodado, se quedaba mirando cómo la luz se deslizaba sobre la vegetación. El sol poniente se reflejaba en los campos de algodón y cacahuate, tiñendo el paisaje de tonos cobrizos. Las siluetas de los pinos se alargaban y, a lo lejos, algunas bayas púrpuras brillaban con la última luz, como si el día se resistiera a irse.
Tenía apenas unos minutos de haberse sentado cuando una de sus nietas llegó corriendo y, sin pedir permiso, se subió a sus piernas.

—¡Abuelo! ¿Me cuentas un cuento?
El hombre sonrió, dejando por un momento la contemplación del paisaje.
—Claro, Victoria. ¿A qué crees que salí? A buscarlas para contarles un cuento.
La niña se acomodó y él comenzó a enumerar opciones:
—¿Caperucita roja? ¿Juanito y la habichuela? ¿Rapunzel?

Victoria iba a responder cuando la mecedora se sacudió hacia atrás con un jalón brusco. El abuelo la abrazó instintivamente y volteó. Era Sofía, la más pequeña, que intentaba treparse por el respaldo.
—¡No, Sofía! Te vas a caer…

Pero ya era tarde. La niña cayó de sentón sobre la madera. Se levantó de inmediato, como si nada, y volvió a intentar subir.
Para entonces, el abuelo ya había bajado a Victoria y se apresuró a cargar a la pequeña.
—No, corazón, no te subas. Vente con nosotros, vamos a contar cuentos.
Sofía le sonrió y extendió los brazos. Él la cargó y volvió a sentarse, acomodándola en sus piernas. Victoria protestó de inmediato. Tras unos segundos de negociación, el abuelo logró sentar a ambas.
—A ver, ¿qué cuento quieren?

—¡El del fantasmita! —dijo Victoria.
—¡Lobo, lobo! —insistía Sofía, refiriéndose a Caperucita Roja.
El abuelo sonrió, consciente de que aquello sería más complicado que cualquier cuento.
En ese momento, se escuchó la voz de Jaime, el papá de las niñas:
—¡Sofía! ¡Hora del baño!
Era uno de sus momentos favoritos del día. Jaime las bañaba siempre con paciencia, entre juegos y risas, y ambas lo esperaban como un pequeño ritual. Por eso, cuando Sofía escuchó el llamado, se enderezó de inmediato, le dio un beso al abuelo y bajó apresurada, corriendo hacia su padre.
Victoria se acomodó de nuevo.

—Bueno, hija —dijo el abuelo—, ahora sí. ¿Cuál quieres?
Hizo una pausa y añadió:
—Se me ocurrió uno nuevo… el del indito Juanito. ¿Quieres que te lo cuente?
—¡Sí, abuelito!
El abuelo comenzó la historia: un niño que vivía con sus padres al otro lado del bosque. Señalaba con la mano hacia el horizonte, donde el crepúsculo estaba en su punto más intenso. Le habló de una vida sencilla, del campo, de la escuela, de un niño trabajador.

Mientras contaba, se rascaba distraídamente una pequeña erupción en la cara. Victoria lo observaba con atención y, de vez en cuando, lo ayudaba a rascarse.
De pronto, lo interrumpió:
—Oye, abuelito, ¿te sabes adivinanzas? Hoy nos enseñaron unas en la escuela.
—A ver, dime una.

—Chiquito como un ratón, cuida la casa como un león.
El abuelo sonrió, pero fingió no saber.
—Híjole… no me la sé.
—¡El candado, abuelito! ¡El candado! Está chiquito, pero sin la llave no puedes abrir la puerta.

—Ah… claro —respondió él—. Mira nada más.
Victoria se enderezó y comenzó a observarle el rostro con detenimiento.
—¿Qué buscas en mis arrugas, hija? —preguntó el abuelo.
—No son arrugas…
—¿No?
—No… —dijo ella con naturalidad—. Es donde guardas las palabras de los cuentos.
A lo lejos, la naturaleza seguía pintando su obra en el crepúsculo.

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