Por Rigoberto Hernández Guevara
Siempre en cualquier lugar son más las mujeres. En el mundo mundial son más las mujeres. Cuéntale cuando viajes en el microbús y a veces son dos contra un indefenso, o por goliza son más las mujeres.
Por eso a veces como en el metro de la ciudad de Mexico se les reserva un lugar tranquilo, un vagón exclusivo para ellas. En cd Victoria hace días en el transporte urbano se decidieron por cuatro asientos rosas destinados para las mujeres, aún cuando por lo general viajan más, inclusive en los últimos años son de la tercera edad.
Hablar de las mujeres hoy en día es un tema delicado. Y cómo no, si a lo largo de la historia en el patriarcado se ha encargado de ofenderlas, incluso el dicho que a las mujeres no se les toca con el pétalo de una rosa surge con la idea preventiva que el maltrato llevaba a casos extremos. Era común ver fotografías de mujeres en la nota roja exhibidas.
Aunque también una mujer juega a la pelota, le dan balonazos y soporta, llega tarde a una cita y alega, y sin discriminación de género la convivencia social nos vuelve comunes, comunitarios. Hoy, desde no hace mucho tiempo, maneja un tráiler sin menoscabo y se le respeta en carretera, pinta una casa e instala un andamio, cuelga de un poste para hacer un amarre al cable eléctrico de una calle.
Una mujer escribe, lee, es periodista destacada, valiente, consume alcohol igual o casi como los hombres, sin el menor empacho sigue siendo mujer, empoderada o no, la mujer es igual que el hombre, pero también es única.
El hombre ya se la sabe, por su naturaleza es más fuerte, pero ha hecho una realidad de que a la mujer no se le toca ni con el pétalo de una rosa o se atiene a las consecuencias de algunos años de bote, o que otro hombre, mientras se investiga, le ponga una madrina al vato.
Y es que también era excesivo el acoso sobre las mujeres, neta. Una mujer bonita o fea encontraba su media naranja en medio de piropos sin estilo que en lugar de aclarar que querían todo con ella, por groseros las ofendían. Una mujer sola era un riesgo por la calle, los más cobardes las perseguían y acechaban en su condición de mujeres. En todo lo anterior los hombres hasta el momento hemos estado totalmente de acuerdo en que se castigue al que ofende y llena de temor, intimida y hace menos linda la vida de una mujer. Y eso es bueno.
Una mujer es luz y fuerza, entre el hombre y la mujer solo hay armonía cuando se juntan; en todo caso, cuando los hay, los problemas se dan como quiera entre hombres contra hombres, mujeres contra mujeres, y hombres contra mujeres y de igual manera las soluciones. Se escribe ahora una nueva historia en esta relación que no obstante lo tierna y romántica, debió ser cordial y justa.
Hoy en día vemos a las mujeres desde otra perspectiva, aún cuando muchos, digamos la gran mayoría de hombres, las hemos respetado toda la vida. Les escribimos poemas, las consentimos por ser compañeras y cómplices de nuestras vidas y las de ellas.
Pero una mujer valorada, tal cual es por sí misma o por un hombre, va más allá de la belleza física incluso espiritual. La existencia esencial está del otro lado también del hecho de que todos ocupamos un espacio antes de nacer en su cuerpo, sino que está en su propia existencia, en lo que ella realiza y en lo que es capaz de afianzar para cambiar el mundo y la sobrevivencia humana.
Por su cuenta el hombre aprendió a lavar los trastes. Lava y tiende la ropa y cuida la olla de los frijoles. También sin menoscabo, hacer la limpieza del hogar es un acontecimiento cotidiano para un hombre orgulloso de que su mujer tenga un trabajo. Es lindo dejar que una mujer maneje el coche por el tráfico de la ciudad sin irle molestando, en lo que el hombre se chinga un trole con todo cuando van de compras al mercado.
HASTA PRONTO




