Por Jesús Berlanga
Ciudad Victoria, Tamaulipas.- Todos los días, desde muy temprano, Jaime Enrique “Don Loncho” Pérez Ramírez abre su panadería en el oriente de Ciudad Victoria con una idea clara: vender pan rico, barato y al alcance de todos. Pero detrás de cada pieza que ofrece existe una historia marcada por la lucha, la fe y una promesa que cambió su vida para siempre.
Originario de Pánuco, Veracruz, Don Loncho aprendió el oficio desde que era apenas un niño.
A los cinco años ya ayudaba a su padre, Don Leoncio Pérez Ibarra, mejor conocido como “Loncho”, batiendo harina y aprendiendo poco a poco los secretos de la panadería.
Sin imaginarlo, aquellos primeros pasos entre charolas y masa terminarían convirtiéndose en el sustento de toda una familia.
En 1994 llegó a Ciudad Victoria buscando salir adelante.
Comenzó vendiendo pan a pie en la colonia Vicente Guerrero en el año 1994. Después recorrió calles en bicicleta y más tarde en triciclo, llevando el pan directamente hasta las casas. Con esfuerzo y constancia logró establecerse primero sobre la avenida 16 de Septiembre, cerca de la calle 21 de Octubre, donde durante años se volvió conocido por vender pan a tan solo dos pesos.
Actualmente su negocio se encuentra ubicado en la avenida 16 de Septiembre y calle Partido Liberal, en la colonia 16 de Septiembre, donde desde temprano comienza el movimiento de clientes que llegan por pan recién horneado, hojarascas y otros productos elaborados por él y su familia.
A pesar de que los precios de los insumos han aumentado constantemente en los últimos años, Don Loncho mantiene firme su promesa y continúa vendiendo las piezas de pan en apenas cinco pesos, algo que muchos clientes consideran casi imposible en estos tiempos.
“Vendo barato por una promesa a Dios. Él me dio mucho y me salvó a mi hijo”, cuenta con la voz entrecortada.
La razón de esa promesa nació en uno de los momentos más difíciles de su vida. Su hijo nació en 1992 en Pánuco, Veracruz, pero el parto se complicó gravemente y el bebé tuvo que ser trasladado a Tampico, donde permaneció en incubadora.
Los médicos le daban muy pocas probabilidades de sobrevivir.
En medio de la desesperación, Don Loncho le pidió a Dios que salvara a su hijo y juró que, si lograba salir adelante, ayudaría a la gente siempre que pudiera.
Fue entones el momento en que su hermana, María Victoria Pérez Ramírez lo bautizó dentro de la incubadora en nombre de Dios.
Contra todo pronóstico, el niño sobrevivió, y desde entonces el panadero asegura que no ha olvidado aquella promesa.
“A veces le doy pan a la gente y les digo que si no doy, se me acaba la magia”, comenta con humildad.
Lo que los clientes no saben, que la magia es el milagro de su hijo.
También recuerda con dolor los días en que acompañaba a su hijo en el hospital de Tampico.
Hubo ocasiones en que apenas llevaba dinero para el pasaje y veía comida o pan que no podía comprar.
“Una vez llegué y había una señora vendiendo donas y enamorados bien ricos… pero me quedé con las ganas porque no traía dinero”, recuerda.
Aquellas experiencias lo marcaron profundamente. Por eso hoy valora los pequeños actos de bondad que encuentra en la gente, especialmente cuando alguien ofrece café o pan a familiares de pacientes en hospitales.
“Antes nadie te daba nada”, menciona.
Con el paso de los años, la fama de su panadería ha crecido en Ciudad Victoria. Actualmente recibe grandes pedidos de hojarascas e incluso de pizzas individuales, productos que se han convertido en favoritos de muchos clientes gracias a su sabor y precio accesible.
Don Loncho reconoce que no habría logrado salir adelante solo. Agradece especialmente a su familia, a su sobrino que le prestó dinero para comprar la panadería en 1994, a su esposa por acompañarlo en todo momento y a su suegra, Rosa María Medrano Banda, por apoyarlo durante las etapas más difíciles.
En ocasiones,.maestros de una escuela de Educación Especial le piden apoyo para llevar niños con capacidades diferentes a enseñarles a haces pan, algo que ya se esta volviendo tradicion mínimo una vez al año.
Hoy, décadas después de haber llegado con apenas lo necesario para sobrevivir, sigue madrugando para hornear pan. Pero más allá del negocio, su historia se convirtió en un ejemplo de gratitud, humildad y solidaridad para miles de victorenses que diariamente pasan por su local y encuentran algo más que pan caliente: encuentran humanidad.




