Salí por la mañana a caminar, como lo hago rutinariamente. Pero hoy, por alguna razón, le presté más atención a la vida del barrio.
Empecé por sus flores, que en estos días primaverales emergen orgullosas, llenando de color y alegría nuestro escenario: las “no me olvides”, “el clavel de aire”, “la rosa del desierto”, “las violetas”, “el velo de novia” y por supuesto las bugambilias en todos sus espectaculares colores. Pero no son solo las flores las que lo adornan. También están los árboles: los mangos, que generosamente ya ofrecen su fruto en racimos cargados; las palmeras… y aquellos añosos, mudos testigos del paso de generaciones, que permanecen ahí, con algunas ramas secas, pero negándose a morir y toda esa vegetación que no solo engalana, sino que sostiene la vida en Tampico.
Más adelante cruzó frente a mí —como los describiera López Velarde— “un relámpago verde de loros”. Y, en un poste de energía eléctrica, “un pájaro de oficio carpintero”.
Una casa abandonada alberga nidos de algún tipo de ave. Una casa abandonada alberga nidos de algún tipo de ave. La naturaleza nos enseña, sin palabras, cómo puede convivir con el ser humano y hacer uso de lo que construye.
Las personas habitamos casas que reflejan una condición clasemediera. La gente empieza a salir a sus trabajos, regularmente en sus vehículos. Otros llegan al barrio a ejercer su oficio: albañiles, plomeros, electricistas… a construir o mantener lo construido.
En una escuela primaria, las madres llevan a sus hijos; algunas corren para evitar el retardo. Pero en todos hay algo en común: el compromiso silencioso con su tarea diaria. Y, cuando lo logran, cuando alcanzan a entregarlos a tiempo, se dibuja en su rostro en algunas una sonrisa breve —casi imperceptible—, en otras una amplia sonrisa, pero todas muestran la satisfacción de haber cumplido.
Y hay algo que no puede pasar desapercibido: las pequeñas tiendas que compiten, sin discurso ni estrategia formal, con las grandes cadenas de conveniencia. Una de ellas abre una pequeña ventana; a las siete de la mañana ya hay alguien despachando. Por esa ventana sucede lo que pareciera un milagro: se venden refrescos, pan, alimentos enlatados, alimentos preparados, masa, tortillas, agua purificada, escobas, trapeadores, harina… se recargan teléfonos celulares… en fin. Uno no puede creer la vida económica que fluye a través de ese pequeño espacio.
De pronto me di cuenta de que alguien corría detrás de mí.
—¡Don Francisco, don Francisco!
Era Emilio, el plomero. El día anterior había ido a reparar el boiler de mi casa.
—Oiga, una pregunta… ¿cómo quedó el boiler?
—Excelente, Emilio. Ya prende y apaga como debe.
Una gran sonrisa se dibujó en su rostro.
—Lo sabía… pero hay que asegurarse —dijo, con satisfacción.
Seguí mi camino.
Frente a la escuela, otra tienda —también papelería, “El Recreo”— satisface las necesidades de otra parte del barrio. Ahí atiende Doña Rosa, una mujer de ochenta y cinco años.
En una ocasión fui a que me sacara unas copias de un folleto que quería compartir. También un bloc de papel Fabriano Bristol —insumo con el que, sorprendentemente, también cuenta. Pero al momento de pagar, para mi sorpresa y vergüenza, no llevaba la cartera.
—No se preocupe, vecino —me dijo Doña Rosa—. Puede pagármelo al rato. Nos conocemos.
—No, Doña Rosa, cómo cree… y lo peor es que ya hizo las copias.
Tomó la mercancía, me la acercó sobre el mostrador y sacó un pequeño papel de un cajón.
—Aquí está la cuenta para que me deposite. También está el correo para que me mande el comprobante… o si quiere, por WhatsApp.
A sus ochenta y cinco años, Doña Rosa no solo atiende su negocio: se ha adaptado a la tecnología con una naturalidad que sorprende.
Mientras hablaba, la observé.
Y entonces entendí que no era solo ella.
Era Emilio.
Era la madre que, al dejar a su hijo en la escuela, se despedía con una sonrisa.
Era quien abre la tienda al amanecer.
En la cara de todos se dibujaba un milagro: la satisfacción de ser útil.




