No veo lejos el día en que los libros sólo queden en la memoria de quienes los leímos. En los memoriosos quedarían libros, textos de un capítulo, párrafos, extractos y frases destacadas de un Quijote manchado, contaminado por quienes lo leyeron parcialmente a medias.
Seguirá una generación más allá del alfabeto tal y como lo conocemos quizás. Nadie es profeta en su tierra, ni brujo para adivinar los medios de comunicación y las necesidades que para ese entonces abarquen un día y parte de la noche frente a una copa de vino riéndose de uno mismo. Pienso que para entonces los neurotransmisores podrían ahorrar el cansancio de comunicarnos.
Las librerías tal vez serán un museo de disquets, cassettes, memorias borrosas con textos de autores anónimos, quizás los más incomprensibles e incomprendidos, aunque eso tenga algo de gloria y pronto se extingan. Una hoja de papel expuesta como una reliquia, dos garabatos no descifrados todavía por los arqueólogos contemporáneos de esos días.
Uno, uno de nosotros caminará por la calle recitando poemas de William Apolinare, recordando un cuento incompleto de Montagne, reinventará «El principito» cuyo título sea en ese momento «El finiquito».
Este texto no es una confesión de parte, es un invento, aún cuando después resulte cierto por mera coincidencia. Por eso estoy entre el psicólogo que quiere emparejar mi existencia y el psiquiatra que desea encerrar mi cuerpo un rato en lo que me controlo y pueda andar solo por las calles del pueblo, todavía que la mente divaga, viaja al otro extremo del mundo. Yo escribo señor doctor, y no sé por qué cuando alzo la mano corren todos.
Con todo respeto pero a mi me cuesta mucho no brillar. Me guardo, me quito toda posibilidad y aún así no lo consigo, no hay secreto ni lo necesito y eso creo nació conmigo. Hay riesgo en salir con todo eso a la calle y andar muy sin embargo. Creo que he leído muchos libros de caballería o sobre héroes y tumbas, y mi naufragio estriba entre el Carlyle y Don Alonso Quijano.
Qué de malo tiene no estar loco, levantarse temprano a peinar el pelo corto, escuchar a Bach mientras se busca un cereal en la alacena. Estoy por volver a recordar las veces en que me quise acomodar entre los cuerdos antes de que mi cabeza comenzara a girar y girar en el metal, en los Rolling Stones. Que de malo tiene estar cuerdo y hacer caso al fenómeno social de estar de acuerdo en todo, levantar la mano, estar con las mayorías y nunca jamás de los jamases haber manejado por la ciudad tranquila en sentido contrario.
Por otro lado qué de malo tiene estar loco por leer bastante, hasta olvidar lo que leímos, hasta enredar las historias que terminan por ser una sola y luego decir que somos creativos y no olvidadizos, lurias, que se nos soltó un caical, que nos falta o sobra un tornillo que el psiquiatra que nos desarmó no sabe dónde va. Que de malo tiene no encajar con ningún estilo, en ningún vestido, en un cumpleaños. Ser diferente. Y siempre el sujeto extraño de pelo largo, que sin embargo ahí bajita la mano podría ser un Vincent Van Gogh, un personaje de Dostoievski. ¿Por qué no?
Mas la sociedad en realidad prefiere a un hombre bueno y en su sano juicio, de tal suerte que todo esté en su lugar. No buscar, no sentir necesidad de andar una noche oscura ya sin preguntar que demonios hacía ahí, apechugar una adolescencia en Ia barandilla frente al juez y parte que te observa curioso desde uno de aquellos mediodías.
En la puerta de un psiquiatra, ya frente al pelotón de fusilsmiento. Yo Aureliano Buendia recuerdo la vez que mi padre me llevó a conocer el hielo y a saludar a la mujer barbuda bajo la pequeña carpa de este circo.
HASTA PRONTO




