12 mayo, 2026

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El príncipe falso, otra vez

Zoon Politikon/ José L. Archundia
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Hay escenas que parecen calcadas de una novela, y otras que parecen calcadas de la historia patria, salvo que en este país la historia y la novela suelen confundirse. Cuando Isabel Díaz Ayuso aterrizó en México, gobernadores panistas, jerarcas eclesiásticos y figuras de la derecha la recibieron con una genuflexión extrema, exhibida sin pudor, como si una funcionaria autonómica viniera a dictar cátedra sobre el rumbo del país.

La estampa remite, sin esfuerzo, a Casi el paraíso, de Luis Spota, donde Ugo Conti, un falso príncipe italiano, deslumbra a la alta sociedad mexicana de los años cincuenta con un linaje fabricado, mientras los anfitriones se postran ante el oropel europeo y compiten por su mirada. Maru Campos, Mauricio Kuri, Libia Dennise y Tere Jiménez se desvivieron en honores; el cardenal Carlos Aguiar posó a su lado con sonrisa devota; empresarios afinaron el discurso de la libertad, todo por celebrar a Hernán Cortés en pleno siglo veintiuno. Justo es decirlo, el espectáculo no es patrimonio del PAN.

En tiempos del priismo, los tlatoanis del partido oficial alfombraban el paso a embajadores, monarcas y enviados papales con la misma diligencia, persuadidos de que la legitimidad se importaba en avión. Y la 4T, hoy, repite el ritual con otros nombres, recibe con honores a próceres bolivarianos, a caudillos de izquierda, a figuras que también vienen a explicarnos quiénes somos y cómo deberíamos pensar. La reverencia al poder ajeno es un atavismo viejo, anterior a las siglas, anterior a los partidos.

Empezó cuando Cortés desembarcó en costas mexicanas y los señores principales le tendieron mantas, oro y mujeres a los pies, convencidos de que adelantarse en la sumisión les garantizaría sitio en la mesa. Cinco siglos después, la mesa cambia de mantel, pero el reflejo es el mismo. Solo cambia el príncipe falso al que se rinde la corte.

Se respeta el pensamiento y lo que haga cada quien, sin importar su filiación, aunque el despliegue resultó excesivo, y deja flotando la pregunta que Spota lanzó hace setenta años, y que el país aún no se ha animado a responder.

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