Los últimos días se ha sobrecalentado el ambiente político, sobre todo en las redes sociales o mediante filtraciones en medios de comunicación y espacios de opinión. Aunque no hay declaración formal, por debajo del agua, en el sigilo, arrecian las guerras sucias para desacreditar al enemigo en un momento marcado por escándalos.
No hay mucho que aprender de esta jornada, persiste un infantilismo político, berrinches, pataleos, y esta batalla se libra en varios frentes a la vez, el judicial, el partidista, el binacional, el mediático. La novedad no es la pugna en sí, sino la simultaneidad, esa coincidencia improbable de presiones que ya no permite a nadie acomodarse en una sola trinchera, y la vieja cordialidad que postulaba una unidad inquebrantable ya se perdió y estalló en grupos facciosos.
La gran bronca de Rubén Rocha Moya en Sinaloa fue la primera grieta visible, aunque el agua llevaba tiempo filtrándose por las paredes. Morena entendió que el escudo nacional ya no cubre los pies, y que la presidenta Sheinbaum no piensa heredar lealtades sin examen previo de cada aspirante a un cargo público, por lo menos queda bien claro que ella va a decidir quién no va y quién se queda en el aire, por su pasado o por su lealtad dudosa.
Coincidentemente, el caso huachicol personificado por Fernando Farías Laguna, detenido en Buenos Aires, y la red Tabasco-Tamaulipas que sigue rindiendo expedientes, acaban de alterar el entorno político, cada nombre que cae arrastra a otros, cada testimonio y cada audio terminan circulando por las fiscalías.
En días pasados, reapareció con un tema escandaloso el ex alcalde de Matamoros, Mario López, ofreció la coartada más creativa de la temporada, las declaraciones que se le atribuyen serían —dice él— obra de la inteligencia artificial. El argumento tiene un problema técnico, la IA no inventa nombres propios, fechas exactas ni complicidades verificables, lo demás corre por cuenta de quienes todavía atienden el asunto.
El tema de la Borrega, episodio que circula con fuerza en redes en los últimos días, sería meramente anecdótico de no ser porque proyecta el enfrentamiento entre los grupos internos de Morena que se acomodan rumbo a 2027 y 2028. Los más ruidosos son tres bloques visibles que se han propuesto encantar a la Presidenta y sobre todo pasar sus filtros.
El grupo Norte lo encabezan Maki Ortiz, su hijo Carlos Peña Ortiz, alcalde de Reynosa, y el senador José Ramón Gómez Leal, una mafia política fronteriza con presupuesto, presencia mediática y un estilo de confrontación que es visible e inocultable. Reynosa es su territorio, su caja fuerte y su negocio principal.
En Nuevo Laredo mandan los hermanos Cantú Rosas, Carlos y Carmen Lilia, ella al frente del municipio fronterizo más estratégico del país, plaza decisiva, bajo escrutinio binacional permanente, y un proyecto de continuidad familiar que se ha propuesto extender sus dominios más allá de su territorio actual, su idea es empoderarse en todo el estado.
Hacia el sur articula sus ambiciones la senadora Olga Sosa, acompañada por Erasmo González y su grupo, con extensiones hacia el centro del estado, más personajes de Morena-México que suelen invertir en proyectos políticos para luego cobrar factura, es un bloque hiperactivo, que espera el error ajeno sin desesperarse demasiado pronto.
La relación entre Olga Sosa y los Cantú Rosas va más allá de la frialdad, entró en un punto de conflicto después de que la tampiqueña se reunió con Enrique Rivas Cuéllar, panista, ex alcalde de Nuevo Laredo, considerado un traidor por los hermanos; el cónclave en un restaurante de esa frontera, quebró definitivamente la posibilidad de un acuerdo.
Esa reunión tuvo más efecto que cualquier intriga, y en este punto parece ser que ya no hay reversa, a menos que ocurra un milagro o alguien ponga orden. Se confirma entonces que las fronteras internas de Morena no resisten la simulación, y que en Tamaulipas la política se mueve por debajo de las siglas y por encima de las disciplinas.
La presidenta Sheinbaum y la dirigente Ariadna Montiel anunciaron filtros políticos y judiciales para los aspirantes morenistas. Lectura literal, no todos los que se sienten candidatos llegarán a serlo, y si la lectura es política, alguien decidirá desde lejos, y los locales todavía no saben en qué lista están.
Habrá que ver cómo viene la criba, puede ser piadosa o brutal, lo único seguro es que dejará nombres tirados por el camino, currículums que más que ayudar complican, y resentimientos que tardarán años en disolverse, si es que se disuelven, lo cual rara vez ocurre en esta entidad fronteriza.
La política tamaulipeca, sin embargo, no se resuelve sólo en Tamaulipas. Washington endurece cada vez más el discurso contra los cárteles, las sanciones de OFAC se multiplican, y cualquier intervención norteamericana impactaría primero la frontera, esa franja que aquí concentra los principales pasos portuarios del país.
Por Nuevo Laredo cruzan miles de millones de dólares en mercancías cada semana, Reynosa concentra industria maquiladora estratégica, Matamoros sostiene cadenas logísticas con Texas, y el sur es zona portuaria importante. Un sobresalto en cualquiera de esas regiones impacta la economía nacional, no sólo la estatal.
El Partido Verde ve la crisis como oportunidad propia, con Maki Ortiz y el ex gobernador Eugenio Hernández, entre otras figuras que circulan por sus mesas, se ha propuesto aprovechar el desorden morenista para ganar zonas clave del estado rumbo a 2027 y 2028.
El PAN empieza a definir su futuro aunque no vive su mejor momento, por la pugna interna entre tres corrientes, la de Francisco García Cabeza de Vaca, que conserva estructura y operadores activos, la de César Verástegui, con base en el centro-sur, y la que orbita alrededor de Jesús Nader, anclada en Tampico y la zona conurbada.
Cada una de esas corrientes panistas se mira con la misma desconfianza con la que los grupos morenistas se observan entre sí. Diferencia menor, en Acción Nacional la pelea se libra a puerta abierta, mientras en Morena se disfraza de unidad partidaria. La tradición panista suele permitir cerrar filas en el reparto final, aunque esta vez la fractura parece más honda.
Los viejos clanes que la transición democrática nunca terminó de desmontar, siguen operando con una eficacia notable. Sin el menor escrúpulo cambian de siglas y ajustan sus discursos pero su objetivo siempre es el mismo: controlar territorio, controlar candidaturas, y tener herramientas para negociar con el poder central.
A esos clanes se suman perfiles jóvenes que tratan de adaptar sus agendas al votante escéptico de hoy, traen todavía una manera anacrónica de articular su discurso, pero juega a su favor que no cargan con lastres en su historia.
La frontera, el sur y el centro de Tamaulipas funcionan como tres pequeños países con dinámicas propias y memorias distintas. Lo que se decide en Reynosa no siempre vale en Tampico, lo que se acuerda en Nuevo Laredo no resuena igual en Victoria, y los actores políticos lo saben pero ninguno tiene fórmulas para convencer a todos.
La sucesión de 2028 será atípica desde su raíz, cada actor tendrá que calcular ahora las variables nuevas que antes no figuraban en sus cuentas: la posibilidad real de quedar fuera no por una encuesta interna o una elección, sino por un veto técnico, por carpeta abierta, o por mención en las listas sancionadas de OFAC.
La guerra ya empezó, decíamos al principio, y conviene no olvidarlo.




